Una semana de la procesión de la Virgen del Rocío




Ha pasado una semana. Parece mentira, pero ya han pasado siete días de la procesión de la Virgen del Rocío. Todavía cierro los ojos y parece que soy mecida entre la marea de gente que rodea su paso desde que sale de su Santuario hasta que regresa de nuevo a él.

No tendría palabras para describir lo que ha sido esta procesión del 2018, sin separarnos de Ella, acompañándola con devoción, desde el respeto, unas veces más cerquita y otras más retiradas, pero siempre con Ella, porque si algo llena mi vida de principio a fin es ver a la Virgen como dueña y señora del lunes de Pentecostés, paseando por las calles del Rocío.

Tengo la garantía de su intercesión, pues con su manto va arrastrando las plegarias de los que junto a Ella nos encontramos, plegarias que unas veces le decimos con la palabra, otras con la mirada, otras con las lágrimas y otras en el más absoluto silencio. Pero Ella sondea todos los corazones, ninguno le pasa desapercibido, y nos libera del peso que a veces llevamos.

Qué grandeza la de su rostro sereno, qué poder imponente el de la luz de sus ojos, capaz de iluminar en medio de la madrugada, y de atraparnos más que el sol cuando llega el día.

Y jamás va sola, porque su imagen tiene la gracia divina del cielo para transmitirnos a todos que nunca nos abandona, por eso a veces parece que se va y no nos da tiempo a reaccionar, cuando de nuevo viene, y lo hace para sorprendernos, para abrazarnos bajo su manto y para obrar el prodigio de la fe.

Una semana ha pasado, sí, y yo no hago más que pensar en que otra vez Ella, que a veces me tiene al límite, ha vuelto a hacer realidad el sueño de mi vida, por el que le doy las gracias desde lo más hondo de mis entrañas, y porque sé que en su tarea intercesora jamás se olvida de mí ni de nadie.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es