Los dimes y diretes sobre la procesión de la Virgen del Rocío




Hace un tiempo se ha levantado una gran oleada de comentarios orientados a opinar sobre la forma en la que se desarrolla la procesión de la Virgen del Rocío, tema delicado y cuidado al detalle, -aunque muchos se empeñen en insinuar o demostrar lo contrario-, para la Hermandad Matriz, para el pueblo de Almonte, para los que llevan por bandera tener el patronazgo de tan querida advocación.

Y no soy absolutamente nadie para dar mi opinión. Ver a la Virgen del Rocío entre sus seis varales, a hombros de los almonteños, en ese ir y venir en el que parece mecerse para llegar a todos, es el sueño más claro de mi vida, el que deseo que se siga haciendo realidad todos los años, y así se lo pido a Dios, y así le ruego a Ella que me sea concedido. Y en ese reconocido lugar de “forastera”, pero que sabe latir con la misma frecuencia cardíaca con la que lo hacen los oriundos de ese pueblo bendecido con la presencia de la sagrada imagen de la Reina de las marismas, me permito la licencia de hacer del editorial de este día en periodicorociero.es – Periódico digital rociero, un altavoz de mis sentimientos con el que, tal vez, puedan conectar otras personas.

Los recuerdos más remotos de mi infancia están totalmente ligados a esa procesión. No recuerdo ni un solo lunes de pentecostés, en el que el paso de la Virgen no haya parecido caer de un lado o de otro, tampoco recuerdo la ausencia de empujones y gentío que, para verla, se acerca lo máximo posible, lo que ha dificultado el trabajo de los que en ese momento la han estado llevando. No tengo en el recuerdo un solo año en el que, durante esa bendita procesión, no hayamos expresado: “¡Ay, que se cae!”. Y así, he ido creciendo y, créanme, que en estatura no he crecido mucho, pero a pesar de no llevar pelo teñido, alguna que otra vez se deja ya asomar alguna cana; y nunca pasó nada.

Hoy, numerosas personas ponen el grito en el cielo y, en especial, desde el año 2011 en que se produjo la rotura del varal, todo el mundo se siente obligado a dar lecciones a los almonteños de cómo han de hacerse las cosas, como si una tradición de siglos tuviera que dar una vuelta de calcetín al antojo de unos pocos.

¡Claro que a mí no me gusta que el paso de la Virgen toque la arena, claro que no me gusta que se escuche el golpe seco de su paso contra el suelo, claro que no me gusta que ocurra nada, absolutamente nada, que pueda poner en peligro al patrimonio humano y a las imágenes de la Virgen o el Pastorcito Divino! Lo que sea malo para Ella es una espina en el alma para mí. Pero tampoco me gusta que la gente que durante el año no hace otra cosa que hacerle la pelota descaradamente al pueblo de Almonte para que, llegadas las fechas del Rocío, puedan alardear del número de amigos almonteños que tienen en el facebook, en el twitter, y repartidos por las casas de la Aldea, sean precisamente los que, a la hora de la verdad, los tiren por tierra, y sean también –vaya contradicción-, la palmada en la espalda a la cara, y el dedo acusador a la espalda.

¿Cuántas veces habré escuchado a más de uno que esperaban que algún almonteño les hiciera “un sitito” en los costeros? ¿Cuántas otras he presenciado a gente de cualquier lugar forcejeando brutalmente para, a toda costa, quedar como el “héroe” que estuvo bajo el paso o tocó un varal? ¿Cuántas veces he oído decir “que si no fuera por los forasteros que se arriman a llevar el paso, la Virgen no llegaría a la ermita”? ¿Cuántas veces se han visto a los almonteños pedir a la gente que se echara hacia atrás para poder seguir llevando, como solo ellos lo saben llevar, ese barco cargado de amor para repartir entre sus hermandades?

Almonte no está quieto, no lo ha estado en siglos de historia, no permitiría bajo ningún concepto que tambalearan sus más profundas raíces, ni que se borre de un plumazo su más preciada esencia. Almonte trabaja día a día por hacer crecer la devoción a su Virgen, sí: su Virgen, su Patrona; la que más de uno quisiera para sí, pero le tocó en gracia divina al pueblo almonteño. Ha estado abierto a las necesidades de cada etapa por las que ha ido pasando a lo largo de esa historia, la historia que se sigue escribiendo con pulso firme y con ojos de enamorado, y si de algo está enamorado Almonte es de la Santísima Virgen del Rocío.

Tenemos en la retina momentos gloriosos vividos en la historia reciente del Rocío. Jamás podremos olvidar cómo los almonteños, pensando más en la Virgen que en ellos mismos, supieron hacernos temblar lo más recóndito de las entrañas, cómo templaron sus propios nervios, animarse como hermanos y tomar el control de su momento más esperado. Jamás podremos olvidar esa salida y procesión de la Virgen hace unos años. Y esa es la línea por la que trabajan y siguen luchando, esa es la manera en la que nos quieren enseñar hasta dónde son capaces de renunciar porque se beben los vientos por su patrona.

Por ello, ruego a los forasteros, que sean respetuosos por una procesión que no les pertenece y a los almonteños, rogarles también que se quieran y se respeten entre sí, que se desvivan por dejar para la posteridad estampas como aquella, la que nunca quedará en el olvido porque tal vez fue el principio de algo nuevo que, con un poco de voluntad por parte de todos, será lo que se vaya consolidando en los capítulos del inagotable pozo histórico en el que sigue bebiendo el Rocío.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es