La Virgen, el arco iris de los rocieros



La grandeza de una persona está en su corazón. A veces el corazón se queda en blanco, como la mente cuando decimos que se nos bloquea y tenemos una paleta de colores para poderlo pintar del que más nos guste. Pensamos, erróneamente, que tiene tintes grises cuando el estado anímico no anda en sus mejores momentos, y azul cielo cuando hemos vuelto a ver salir el sol y ni lo uno ni lo otro es correcto. Somos nosotros los que decidimos darle el color que queremos y, confundidos por lo que suele decir o hacer la mayoría, pensamos que no tenemos más tonalidades a las que recurrir.

Cuando se produce el forcejeo entre la lluvia y el sol aparece el arco iris con su gama inigualable de colores, incluso aquellos que parecen más apagados se nos muestran hermosos dentro de la singular armonía con la que juega la naturaleza en la tierra o en el cielo.

Y algo muy parecido nos ocurre al mirar a la Virgen del Rocío. ¿Quién no ha oído alguna vez el comentario de “parece que sonríe”, “la noto triste”, “la veo serena”… No estamos equivocados al afirmar que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, la vemos a Ella. No nos equivocamos porque en su rostro necesitamos adivinar que se alegra de vernos, que sufre con nosotros o que está dándonos la Paz que buscamos al contemplarla y lo hace, ¡claro que lo hace!

Nos entiende mejor que nosotros mismos. Ella sondea lo más íntimo de nuestros corazones, sabe qué le falta y qué le sobra a cada uno para que tenga el ritmo adecuado. Su cara es el espejo del alma, de la suya y de la nuestra. ¡Quién, como Ella, podría llegar a lo más hondo y hacerse una con nosotros y padecer y gozar a la par de nuestros sufrimientos y nuestras alegrías!

Intentar trivializar esa realidad es huir de la Verdad con mayúsculas, porque no hay rociero en la faz de la tierra que no haya salido una sola vez en su vida de la Ermita, sólo una, y después de haber mirado a la Virgen del Rocío no haya sentido que su cara, sus ojos o sus manos querían decirle algo.

Ella nos tiende un arco iris lleno de colores, para que por medio suyo vayamos a Dios tantas veces como queramos, porque Dios, aunque no lo queramos nosotros, jamás se va de nuestras vidas.

Si tu corazón, por el motivo que sea, necesita pintarse de nuevo, acuérdate que, además del gris y el azul, hay muchos tonos donde elegir. Ten un rostro radiante para todo el mundo y verás que, de inmediato, notarás que tu vida cambia.

¡Déjate moldear por las manos de alfarero del Pastorcito Divino! Después, la Virgen se encargará de colorear tu ánima con la gama más selecta de la creación. Nadie como Ella para destacar en ti todo lo bueno que tienes.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es