Estos días pasados han estado muchos pueblos de Almería presentando un paisaje precioso con la nieve. Es verdad que han sido días duros, porque las nevadas han sido intensas y más de uno se ha visto en problemas.
Mi trabajo me lleva a desplazarme por algunos sitios y no me quedó más remedio que ver esa estampa de los campos y las sierras cubiertas de nieve.
Hace unos días me sorprendí en medio de un atasco, muerto de frío, no me relajaba ni la calefacción del coche; nevaba y algunas personas estaban asustadas. Se salían de los coches para mirar si se veía avanzar algo, pero todos estaban parados, esperando que la guardia civil y otros servicios que se encontraban por allí autorizaran que siguiéramos circulando.
Dos coches por delante mía había un matrimonio con dos niños pequeños, uno de ellos todavía de pañales, y el mayor lloraba porque se quería ir.
Llegó un momento en que los coches que estábamos más cerca parecía que nos conociéramos de antes, algunos salían a mover las piernas, otros a fumar fuera del coche y todos abrigados hasta las orejas comentábamos la fuerte nevada.
Me dio tanta pena ver a ese niño llorar, que me acerqué a ver si podía ayudar en algo. Su padre no conseguía colocar las cadenas, y en cuestión de minutos muchos conductores nos convertimos en “mini mecánicos”. El niño estaba tan nervioso y tan asustadito que se me ocurrió darle un caramelo que llevaba en un bolsillo. El padre me lo agradeció y antes de retirarme de la ventanilla de su coche, me fijé que del espejo interior colgaba una medalla de la Virgen del Rocío.
Sin saber porqué ver esa medalla me tranquilizó mucho en aquel momento desesperante y al volver a mi coche, me dio por pensar en la cantidad de medallas que tenía que haber colgadas en tantos espejos interiores de los coches que allí habían.
Entonces se me ocurrió rezar un ave María y otro y otro. No sé cuántos pude rezar, perdí la cuenta.
El señor del coche de detrás mía, se acercó a pedirme fuego. Y al volver me dijo: “a ver si la Virgen del Rocío nos hace el milagro y podemos llegar pronto a casa.”
Él se marchó y yo le agradecí a la Virgen por estar no sólo en muchas medallas, sino en tantos corazones, en tantos labios, en medio de la nieve y en todas partes. Sentía que por medio de ese hombre Ella me hacía notar que estaba con nosotros. Me entró una alegría... ¡No sé cómo explicaros!
Emprendimos la marcha, despacio, (seguía nevando), miré el paisaje, y pensé en la belleza de la Virgen. Miré la blancura de la nieve y pensé en la transparencia de su corazón, miré a la gente y pensé que la llevaban a Ella en alguna parte, en una medalla, en una foto, en la mente… Miré a mi alrededor, me miré a mí mismo por dentro y la sentí allí, conmigo.
Volví a casa y allí estaba Ella. Y abro la primera página del Periódico, éste periódico que tanto nos da, y también aquí la encuentro y eso para mí es un milagro, un maravilloso milagro.

|