Han pasado las fiestas navideñas e irremediablemente siento melancolía, la misma que siento cuando se aproximan esas fechas por la añoranza de los seres queridos que ya no están entre nosotros.
Añoro la iluminación de las calles, la melodía de villancicos en los establecimientos comerciales, el encuentro con familiares y amigos alrededor de una mesa, la ilusión de niños y grandes por la llegada de los Reyes Magos…
Sin embargo, Pentecostés está más cerca y es esa espera, la que hace más llevadera la nostalgia. Queda un poco más de cuatro meses, para que la Virgen del Rocío, salga en procesión y con Ella, como siempre, viviremos esta nueva etapa.
La acompañaremos en la presentación de su Hijo en el templo, donde nos muestra, una vez más, su lealtad y fidelidad a los mandatos de la Ley de Dios, muy por encima de la de los hombres que en tantas y tantas ocasiones no entendemos ni compartimos. Muchos rocieros se reunirán alrededor de una hoguera en las casas de la aldea, siendo ese fuego testigo de largas conversaciones entre amigos, cante y baile, y esas velas encendidas en la Vigilia donde Ella y su Hijo Sacramentado, serán los protagonistas.
De su mano entraremos en la Cuaresma, un tiempo sobrio y austero, que pese a la penitencia y al ayuno, para mí, nunca ha sido triste. Los rocieros, también vivimos la Cuaresma.
Llegará la Semana Santa y la inmensa mayoría de los rocieros, acompañaremos a nuestras imágenes de la Virgen doliente, del Cristo Nazareno o del Crucificado. Olvidaremos por unos días la sonrisa que siempre nos regala la Virgen del Rocío, para acompañarla en su duelo e intentar, en la medida de los posible, enjugar sus lágrimas con nuestro compromiso como cristiano. Pero el domingo, después de tres días de dolor, volveremos a ver su tierna sonrisa celebrando, nuevamente con nosotros la Resurrección de su Hijo.
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer mismo cuando nos preparábamos, poniendo a la Virgen en medio de nuestras meditaciones, para recibir al Pastorcito Divino y cuando menos nos demos cuenta estaremos en el real del Rocío, pronunciando la secuencia del Espíritu Santo, implorándole que venga a nosotros y viendo a la Reina de las Marismas salir de la ermita en hombros de su pueblo.
En una ocasión, hablando con un compañero del trabajo, me decía que me pasaba la vida esperando: la Navidad, la Fiesta de la Luz, la Semana Santa, el Rocío, el Rocío chico, la procesión de mi Patrona…y tiene razón. Yo, que soy impuntual por llegar siempre antes a las citas, quizás porque algo de impaciente tengo, no entiendo del todo por qué me es relativamente fácil estas esperas. Probablemente, será porque nunca espero sola, siempre la tengo a Ella.

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