Tengo la total seguridad que, desde el mismo momento de vuestro nacimiento, la Virgen del Rocío os protege especialmente.
Ya en el seno de vuestras madres, fuisteis arropados por un manto de oraciones y plegarias que se elevaban al cielo por vosotros y para que vuestra venida estuviera rodeada de la paz y el sosiego que da el Pastorcito Divino con sus bendiciones. Vosotros sois una de ellas.
Cuando recibí la noticia de cada uno de vuestros nacimientos, pronuncié las mismas palabras en los tres casos “Gracias Madre”. Y es que, en vosotros, es tangible aquello de que “Para Dios no hay nada imposible”, cada uno por motivos diferentes. Y por medio de su Madre, siempre atenta a nuestras necesidades, ha demostrado en vuestras personas su Omnipotencia.
Una de mis citas preferidas es aquella de Calderón de la Barca en la que decía “Es parentesco sin sangre, una amistad verdadera”. No me unen a vosotros vínculos de sangre, sin embargo, nuestros lazos van más allá. Nuestra ligazón podría definirse como un parentesco espiritual, que por haber sido libremente escogido es mucho más generoso.
Si Dios quiere, este fin de semana en la aldea, voy a disfrutar de vosotros, de los tres y pienso exprimir cada segundo de estas algo más de cuarenta y ocho horas, pues la distancia y la falta de tiempo no me permiten estar todo lo que me gustaría con vosotros, aunque siempre estéis presentes en mis oraciones.
Si Dios quiere, hoy domingo, Su Manto rozará vuestras pieles en un acto que ya, todos los que os queremos, hemos obrado en nuestro interior en nuestras largas conversaciones con la Virgen y Su Hijo: “Aquí los tienes Rocío, extiende sobre ellos tu manto protector. Pastorcito Divino, que en Ti vean a su mejor amigo, ese que nunca falla”.
Jesús, siendo Dios mismo, también cumplió con la presentación en el templo y así haréis también vosotros en un acto de respeto y compromiso.
A Él le pido, que sea éste el primer paso, de muchos otros que vendrán después, de vuestro camino por las sendas rocieras. Ese verdadero camino del Rocío que tiene una única meta: Ella.
Dedicado a Juan, Saúl y Hugo

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