Suelen ser mis pensamientos cuando queda poco para la Romería…
Ya falta muy poco para que los rocieros nos pongamos en camino para celebrar juntos la Pascua de Pentecostés, congregados a los pies de la imagen de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen del Rocío.
Hace diez años que participé por vez primera en su Romería. Mi nombramiento como párroco de la de San José de Cádiz me impuso la responsabilidad de acompañar espiritualmente a la Hermandad gaditana. Confieso que el encargo no despertó en mí demasiado entusiasmo. Nunca había tenido contacto directo con ambientes rocieros. Y la “imagen” del Rocío que me habían proporcionado los medios de comunicación no me predisponía precisamente a una valoración positiva de la Romería de la Virgen. Mi mente abrigaba el prejuicio de que el mundo rociero encerraba “más ruido que nueces”, y que la devoción a la Virgen ocultaba más afán de jolgorio que interés por valores espirituales cristianos.
La incorporación a mi querida Hermandad de Cádiz me abrió los ojos a una realidad insospechada que no pudo menos que sorprenderme. Es verdad que en la Romería del Rocío, y en la vida de cada Hermandad, casi todo lo que se diga puede ser cierto. En el seno de un fenómeno socio-religioso que agrupa a centenares de miles de personas de todos los rincones de España podremos encontrar de todo. Y, en ocasiones puntuales, no lo mejor. Los seres humanos somos frágiles y contradictorios. Y el camino de la fe es arduo y prolongado, no siempre exento de altos y bajos. Lo saben hasta los santos. Sin embargo, en nueve años de camino rociero he podido comprobar lo mucho bueno que atesora la vida de mi Hermandad y del conjunto del movimiento rociero.
Ante todo, he podido comprobar que la devoción a Nuestra Señora del Rocío es un camino de fe cristiana. Por poco que te incorpores a una Hermandad rociera, te darás cuenta de que la Virgen es el centro de todo. Y, a través de Ella, Cristo se va convirtiendo en el centro insoslayable de la vida del auténtico devoto. Los religiosos marianistas, que me formaron y me inculcaron el amor a la Virgen, me enseñaron: “A Cristo, por María”. Hoy asisto cada día al milagro de ver cómo el amor a la Virgen conduce continuamente a sus devotos a descubrir la centralidad de Cristo, la belleza del Evangelio y la pasión por construir el Reinado de Dios en medio de nuestro mundo. Mi Hermandad es un fértil plantío, donde permanentemente la Palabra de Dios va siendo sembrada, día a día, dando preciosos frutos de Vida cristiana, para gloria de Dios.
El “mundo del Rocío” es también un campo de ejercicio constante de la amistad y la caridad fraterna. Una de las cosas que más me ha llamado la atención de la vida rociera –cuando se vive de verdad- es su talante acogedor y los fuertes lazos de amistad y fraternidad que se van fraguando entre los rocieros. Esos lazos se manifiestan con particular fuerza tanto en las alegrías como en las penas. Cuando un hermano o hermana lo pasa mal, nunca se ve desamparado. Y, si hay alegrías, se comparten con generosidad y sencillez. Por eso, ante un mundo que presenta, a menudo, signos preocupantes de individualismo y soledad, las Hermandades rocieras ofrecen un agradable oasis de amistad y de solidaridad. Ciertamente, el panorama no resulta siempre idílico. También pueden “saltar chispas”, como en el seno de cualquier familia. Sin embargo, la mayor parte de las veces, la sola apelación a la Virgen basta para que dos hermanos que “chocaron” se reconcilien sin rencor.
Y aún me gustaría señalar otro valor singular de la devoción a la Virgen del Rocío: su carácter marcadamente familiar. En notable porcentaje, la devoción rociera es una devoción familiar. El amor a la Virgen del Rocío se trasmite, principalmente, de generación en generación. La vida de la Hermandad es, en gran medida, vida de las familias. Se trata de uno de los pocos ámbitos de la vida externa al hogar donde conviven, rezan, y se divierten juntos tres generaciones: abuelos, padres y nietos. El hombre y la mujer de nuestro tiempo valoran extraordinariamente la vida familiar. Y la Iglesia contemporánea es más sensible que nunca a la importancia de la evangelización y acompañamiento de las familias. “El Rocío” ofrece un ámbito particularmente fecundo para la transmisión familiar de la fe y para el acompañamiento espiritual de las familias cristianas.
Esta es, necesariamente resumida, mi visión actual “del Rocío”. Dentro de pocos días acompañaré a mi Hermandad en el camino de la Romería. Porque ese caminar es como un símbolo de aquel otro camino espiritual que recorren los verdaderos rocieros cada día: Un camino hacia Cristo, por María.

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