A mi hija Susana.
Los padres y las madres nos creemos que se lo tenemos que enseñar todo a los hijos y nos ponemos muy pesados de tantas lecciones como queremos darles, que si tuvieran que estar en los libros llevarían más peso que el que aguantan en sus maletas del colegio con tantas asignaturas.
Yo he sido una madre un poco especial. Me pasé de exigente y me gané lo que tuve durante algún tiempo, que fue distanciarme de mi hija a la que quiero con locura, pero también a la que hice mucho daño, lo reconozco, porque no le dejaba pasar ni una y siempre le estaba reprochando todo lo que hacía. Ya llegó un punto que daba igual si lo que hacía me gustaba o no, la cosa era incordiar. Tanto, que si mi madre hubiera sido así conmigo la hubiera invitado a tomar aire en las Marismas un ratito.
Mi niña vale mucho. Tenemos en común el Rocío, pero el mío también se distanciaba bastante del suyo. Las madres queremos lo mejor para los hijos, pero en eso sentía algo de envidia, porque la veía con amigos de verdad, le notaba una cosa tan bonita con la Virgen que yo la envidiaba, vivía cosas que yo no había vivido nunca.
Hace unos años, ocho para ser exacta, me invitó a irme un fin de semana con ella y sus amigos al Rocío. Yo, como siempre, primero puse excusas, después lo pensé mejor y dije: “mira, pues voy a ir” y ella iba feliz porque se iba a encontrar con la Virgen y con su gente.
Ese fue para mí el primer fin de semana que yo viví el Rocío de verdad. La convivencia entre ellos, las visitas tan emotivas que hacían a la Virgen, las cosas tan preciosas que le decían por las noches, cuando a las doce del viernes y del sábado le rezaron la Salve a la Virgen y escuché a mi hija darle las gracias porque me tenía a mí allí, que todavía me están doliendo los ojos de las lágrimas que derramé al escucharla, porque me duele reconocerlo, pero no me merezco ese cariño que me dio. En esa reunión no se cantaba solamente: se cantaba, se rezaba, se compartía, se hablaba. Era la reunión de mi hija y no me hizo sentir invitada o extraña, sino como una más. Me felicitaron por la hija que tenía, me empaché de un Rocío tan especial que yo decía: “esto tiene que ser algo más”.
Delante de la Virgen le dije a mi hija la cantidad de cosas que me había perdido de ella, le pedí perdón por haber sido tan cansina y cruel, a veces, y le rogué que me diera la oportunidad de que a partir de ese momento las cosas fueran distintas para las dos.
Desde ese año vengo aprendiendo el Rocío de ella, de mi niña, y también he aprendido a ver lo afortunada que soy como madre con una hija como la mía, que tiene unos sentimientos tan buenos y nobles en el corazón.
He ido muchas veces al Rocío, pero el Rocío me lo ha enseñado ella y estoy orgullosa y muy agradecida de las lecciones tan grandes que me da.

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