Llega un nuevo sábado y como cada sábado, volvemos a traer a las páginas de Periódico Rociero un artículo del pasado, que nos permite acercarnos a las opiniones de otros tiempos.
Nuestro colaborador, Antonio Díaz de la Serna, ha escogido para hoy el publicado en la Revista Rocío, en julio del año 1959, que escribió el Jesuita Rafael Villoslada en el que cuenta sus impresiones sobre la Romería. Esperamos que nuestros lectores lo disfruten.
Del Rocío había oído hablar en sentido totalmente distinto.
Me refirieron sus impresiones de la Romería, los que en ella no vieron más que una amalgama de lo divino y lo humano, predominando este último elemento.
Es decir, los que creen que con ocasión de la visita al Santuario de Ntra. Señora, se pasan allí tres días de clásica fiesta andaluza.
Escuché también el relato sincero que brota del corazón del “Rociero”, agradecido, para quienes la Virgen Santísima del Rocío, es uno de los pilares fundamentales de su vida: devoción que mamó con la leche materna, y que no ha perdido un “Rocío”, hasta que los años, y una grave lesión de corazón, le han impedido ir con la Carreta del Simpecado, pues heredó de su padre, como ese también del suyo, el honroso cargo que le concede tan preciado privilegio.
No dudé un momento: el que llevaba la razón era este “rociero de nacimiento”, por otra parte, modesto trabajador, con sesenta años de continuos servicios en la misma empresa.
Al Sr. Pichardo, Rector del Santuario, debo el inmenso favor de haber podido comprobar con mis propios ojos las hermosísimas realidades del Rocío, pues me invitó a ir a confesar allí a la Ermita, los días de la Romería.
Mucho me había figurado, pero la realidad, ha superado mis suposiciones.
No hay la menor duda. Es la Santísima Virgen, la que mueve todo lo que alrededor del Santuario, se congrega y vive durante aquellos días.
Es la expresión de los rostros; son las lágrimas que se deslizan sin sentir; son las plegarias que brotan de continuo de labios agradecidos o de corazones angustiados; son los cientos y cientos de velas que se consumen día y noche ante la Imagen de Nuestra Señora; son los clásicos vivas a la Blanca Paloma, a la Madre de Dios, a la Reina de las Marismas, tributo filial de amor y gratitud y desahogo del pecho oprimido con la emoción de venir un año más a ver a la Madre querida del Rocío; es ese entrar, rezar y salir; y volver a entrar, rezar y salir... porque mientras se está en el Rocío, a eso se ha venido, a estar con Ella, a pedirle, a verla, a rezarle, a volverla a ver cuantas veces se te antoje y a despedirte de Ella... con un nudo en la garganta y un deseo en el corazón, el de volver otra vez al Rocío el año que viene, contando con una pena, que para que “llegue” el Rocío tiene que transcurrir otra vez, todo un año, día por día.
Es la fe, es la confianza en la Madre de Dios, la que mueve estos corazones; es la fe en María Santísima la que asó ata con invisibles lazos de amor, de gratitud, de esperanza, a tantas almas tan distintas, venidas de todas partes, y pertenecientes a tan diversas clases sociales, pero unidas todas en la misma fe y devoción a la Reina del Cielo.
No tiene explicación humana el Rocío, porque ni hay atractivo sensible, de paisaje, de comodidades, ni de cosa selecta en elementos recreativos...
¿Que en el Rocío hay alegría?; es natural; la alegría del corazón agradecido, que acude allí a dar las gracias a la Virgen por el gran favor que le ha concedido.
Y con esa alegría, honra y venera a la Virgen, y a la vez anima a confiar, al que afligido con su pena, acude al Rocío soñando con la esperanza de que también a él la Virgen le resolverá su problema.
Y para la alegría dio el Señor a los hombres el fruto de las viñas, que tan exuberantes y frondosas se crían en aquellas tierras bendecidas con largueza por la Reina de las Marismas. Y esta alegría da el ambiente de hermandad caritativa entre todos, conocidos y desconocidos, porque ante el altar de nuestra Madre del Rocío todos somos hermanos.
Las que van al Rocío saben a lo que van. No es a la feria, no es a la diversión, no es al jolgorio corriente de una fiesta cualquiera. Saben que van al Rocío a visitar a la Virgen, a cumplir su promesa, a darle gracias a su Madre del Cielo, a pedirle un favor más a la que todo lo puede, por ser Madre de Dios y la Madre de la Misericordia.
De no ser así, no me hubieran tenido en el confesionario de la Ermita un par de horas, la noche del sábado, y el domingo, desde las siete de la mañana hasta la una y media de la tarde. Y estas son realidades consoladoras, como las comuniones administradas en esos dos días.
Toda esa gente tan distinta que asiste al Rocío, va a pedir, a rogar, y se alegra después, con alegría que brota de la buena conciencia, que transciende al exterior, en forma de palmas y olés.
La naturalidad y sencillez son notas características de la Romería del Rocío, porque al lado de una Madre no hay fingimientos. Allí habla el corazón, allí el alma agradece, porque la Reina del Cielo entiende como nadie a los andaluces y prueba de ello es que concede cuanto se le pide.
No lo dudéis. La Virgen nos escucha; se complace en oír nuestras súplicas y prueba de ello, que ninguno se viene de allí triste y desconsolado, porque la Virgen a todos remedia y concede cuanto con fe y confianza le hemos pedido.
Y esta es la prueba más clara y terminante de que a la Reina del Cielo, le gusta aquello, con su aparente desorden, que no es desorden, es franqueza.
Por mi experiencia personal deduzco lo que con todos hace nuestra Madre querida de la Marisma.
La gracia especialísima que le venía pidiendo mucho tiempo atrás... aquí este año me la ha concedido y... soy “rociero” reciente... ¿qué no podrán decir los que echaron los dientes yendo al Rocío...?
Rafael Villoslada, S.J.
Huelva

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