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title: "Esa medalla que se guarda en el cajón"
description: "DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | A veces la rutina nos envuelve en un ruido tan sordo que terminamos olvidando lo que verdaderamente sostiene nuestra existencia. En el día a día..."
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date: 2026-08-18
modified: 2026-08-17
author: "periodicorociero"
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type: post
lang: es
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# Esa medalla que se guarda en el cajón

**DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | **A veces la rutina nos envuelve en un ruido tan sordo que terminamos olvidando lo que verdaderamente sostiene nuestra existencia.

En el día a día, nos preocupamos por las urgencias materiales, por los plazos que vencen o por las pequeñas discusiones cotidianas que no conducen a nada. Sin embargo, hay un instante preciso en el que todo ese castillo de naipes se derrumba para dejar paso a lo único que importa.

Ocurre cuando, casi sin querer, abrimos ese cajón olvidado de la mesita de noche y los dedos tropiezan con el metal frío de una medalla vieja. Su cordón está descolorido por los años, quizás algo gastado por los roces de tantas manos que ya no están con nosotros, pero contiene una fuerza capaz de detener el tiempo.

En ese momento, miramos ese relieve bendito y nos damos cuenta de que nunca hemos estado solos. Allí, en la calidez de esa mirada que todo lo comprende, se encuentra nuestra Madre. Ella no necesita que le expliquemos nuestras derrotas ni nuestras flaquezas; las conoce antes de que salgan de nuestra boca.

Nos aguarda pacientemente en cada rincón de nuestra casa, en cada fotografía que preside el salón, recordando que el amor cristiano no se demuestra con grandes discursos, sino con la sencillez de abrir el corazón al prójimo. A su lado, ese Pastorcito Divino nos mira con la pureza de la infancia, invitándonos a despojarnos del orgullo, a perdonar a quien nos ofendió y a mirar el mundo con los ojos limpios de un niño que confía plenamente en sus padres.

Ser rociero es, en el fondo, un ejercicio de generosidad constante que se aprende de rodillas ante Ellos. No se trata de presumir de una devoción hacia el exterior, sino de saber curar las heridas de los que sufren en silencio a nuestro lado.

La verdadera caridad no se da de lo que nos sobra, sino de aquello que nos cuesta entregar: nuestro tiempo, nuestra escucha y nuestro abrazo más sincero al hermano desamparado.

Cuando la vida se vuelve oscura, la Virgen del Rocío se convierte en ese faro silencioso que disipa los miedos más profundos. Al mirarla a la cara, la fragilidad humana se transforma en esperanza y entendemos que la fe no se explica, simplemente se vive compartiendo con los demás y manteniendo los ojos fijos en el Pastorcito Divino, el único capaz de guiar nuestros pasos por los senderos de la verdadera paz.

**Francisca Durán Redondo**

**Directora de periodicorociero.es**
