Luz para alumbrar a los pueblos

Agradecemos al Sacerdote don Jesús Enrique Aranda Cano, que desempeña su misión en el seminario menor de Córdoba, su artículo para que, hoy domingo, 4 de febrero, los lectores de periodicorociero.es pudieran reflexionar sobre las lecturas de éste día.

Este versículo del Evangelio hace referencia al momento en el que entra Jesús en brazos de la Santísima Virgen, acompañado de José en el templo de Jerusalén. Es ahí cuando el justo Simeón dice del Niño, recién nacido, que es Luz que alumbra a las naciones y gloria del pueblo de Israel (Cfr. Lc 2, 32).

¡Qué emoción sentiría la Santísima Virgen cuando escuchara aquellas palabras! ¡Tu Hijo, el fruto de tus entrañas va a iluminar a todos los pueblos y va a ser la gloria, el honor, la señal de triunfo para muchos pueblos!

El Pastorcito Divino de El Rocío será en muchas ocasiones en nuestra vida la única luz, junto con su Madre bendita, que ilumine las noches oscuras de nuestro caminar. La Fiesta de la Luz en el Santuario es un paralelismo con la vida de todo rociero. Se da una estampa única. Un templo en oscuridad e iluminado sólo por la luz de las velas. Luz que llevamos en nuestras manos, pero que nos habla de otra Luz, la de aquel Pastor infante, que siendo Niño tiene capacidad de dar luz a cada historia de sufrimiento, de dolor, de soledad, de alejamiento de Dios… ¡Somos iluminados por el Sol que alumbra a todo hombre, por el Niño que entre sus manos tiene la Madre Buena de los rocieros!

Y la Santísima Virgen del Rocío queda iluminada por la luz que le llega de su Hijo Divino. Su cara tiene un brillo especial, tiene el tintineo de una llama que se enciende en la noche. Y aunque la llama de la luz pueda parecer que en algún momento vacila, nada más lejos de la realidad, la luz, la luminosidad que desprende la Santísima Virgen del Rocío es un foco, que como a todos nos ha pasado, hubo un momento en el que nos deslumbró y nos dejó asidos a su manto para siempre. Desde ese preciso instante, la Virgen del Rocío es la luz que alumbra nuestras tinieblas, nuestras dudas, nuestras vacilaciones, nuestros miedos. Desde ese momento es el rayo de luz que entra en nuestra alma cuando estamos en medio de la tormenta y que apacigua la noche cuando hay tempestad.

La luz de esta fiesta nos recuerda al día en el que los Apóstoles reunidos en oración con María recibieron unas llamaradas de fuego y de luz en Pentecostés. Es un anuncio gozoso de lo que la Santísima Virgen del Rocío hace en la noche del Lunes de Pentecostés. Ella, como la mejor de las madres, sale al encuentro de su pueblo, de su gente, de sus amados hijos, para ser el faro, la brújula, el norte, la guía que los vaya encaminado hasta llegar, tras este destierro, tras este lugar muchas veces de oscuridad, al cielo, a las marismas eternas, al lugar donde quedaremos iluminados, yo diría, cegados por la hermosura infinita del Pastor y la Pastora.