La verdad del Rocío

La espiritualidad del Rocío se levanta airosamente sobre el sólido cimiento que se condensa felizmente en títulos expresivos como los de: Madre, Reina, Señora, Rocío, Pastora y Blanca Paloma.

Madre; Es la primera palabra que brota en los labios del niño balbuceante. Y es la primera palabra que dirigimos a la Virgen en un momento de exaltación o de apuros.

Cuando a la Virgen llamamos Reina y Señora atribuimos a la madre, en buena ley de casta prerrogativas. Reina ha de ser la que es. Y ejerce su realeza y señorío alzada en columnas de humildad. Reina y Señora la intercesora y mediadora entre el cielo y la tierra… Reina y Señora con corona de Madre, que es diadema de amor.

Reina y Señora te decimos, Rocío,
Reina porque alumbraste al Rey Divino.
Señora porque el Señor está contigo.
Vestida de realeza y señorío.

Rocío, es su nombre. El nombre que cobija ampliamente a todos los demás, el nombre preferido, el nombre que la identifica y la distingue, que alegra nuestra boca con dulzores de miel.

Cuando llamamos a la Virgen Rocío proclamamos en verdad que Ella no es símbolo sino real con creación de plenitud de gracia y de espiritualidad. Y como decimos que rocío mañanero fruto de la complicidad del frescor y de las sombras de la noche, Ella ablanda nuestros ardores, mitiga nuestra sed, lava nuestras manchas, alegra nuestras tristezas, colma nuestros deseos ensalza nuestra bajeza, refuerza nuestra debilidad.

Cuando llamamos a la Virgen Pastora, con ese toque marismeño que evoca estampas de jugosos pastizales, de sonoros arroyos, de pacíficos rebaños sesteando en la umbría de los prados.

Cuando llamamos a la Virgen Paloma siendo la Paloma figura del Espíritu Santo.
Si hubiera que resumir en un símbolo el suceso inefable del Rocío, me quedaría con la luz, esa luz fascinante, tamizada del polvo. Luz de alborada que pelea, hasta vencerlas, con las sombras rebeldes de la noche y ampara en su serena palidez de la misa del alba…Luz de media mañana, traviesa, inquieta como un potro impaciente por estallar al trote…Luz de atardecida , malva, azulenca, cárdena y sangrante herida por los rayos del último sol… Luz de media noche, frontera de las sombras, claveteada de cirios temblantes como estrellas descolgadas del cielo…Luz de la misa de romeros, cálida y dorada, transformante como fuego pentecostal…Luz de escandalosas cales en gritos de blancor…Luz de cuerpos alumbrados por la gracía interior del Sacramento del Perdón…Luz de la ermita que se adentra atrevida tamizada por arales de vidrio…LUZ de los oros del retablo que enmarca en brillos la imagen de la Virgen…Luz penetrante de los ojos de la Madre y Señora que irradian celestes resplandores alumbrando de gloria a los romeros.

Y en la Luz pentecostal, la inmarcesible verdad del Rocío que sus hijos encarnamos en nuestra condición de rocieros, una Luz que transciende la oscura verdad de la fe, que alivia la impaciencia de la espera, que atiza el fuego del amor, columnas rectas sobre las que se levanta inconmovible el edificio de la devoción rociera.

Para ello debemos de levantar nuestra identidad rociera sobre la piedra angular de un cristianismo aceptado y vivido sin reservas…debemos de ser desafiantes simpecados flameando al viento como testigos de la fé…varales firmes de ejemplaridad para el paso de Virgen…cirios prendidos para aliviar las sombras de la incredulidad…carrozas bien dispuestas para el traslado de la Madre…ojos limpios para mirarla…bocas incansables para cantarla…brazos recios para levantarla hasta el cielo…corazones sencillos para amarla.

Beatriz Sánchez Puerta
Ex Presidenta de la Hermandad del Rocío de Alcalá de Henares