Tu Rocío y mi Rocío

Hay un momento en la vida del rociero en el que el tiempo deja de existir. Nada circula ni gravita cuando el alma exhala un suspiro en el momento en que nos encontramos con Ella. Todo se diluye. Todo se difumina. Todo deja de tener entidad cuando estamos en su presencia. Nada interrumpe el silencio en el que nos reconocemos débiles, pequeños y confusos para sentirnos seguidamente seguros y protegidos al calor de nuestra Madre. Una Madre a la que llamamos Rocío y que nos acoge como solo Ella sabe hacerlo, para mostrarnos sin vacilar a su Hijo, el Pastor Divino de las marismas.

Nuestras vidas, la tuya y la mía, se resumen en un ir y venir a su regazo. Entonces brota la plegaria que acompaña unas gracias o unas peticiones que rara vez no están bañadas por el salitre de nuestros ojos. Y este es nuestro factor denominador común, hayamos nacido a escasos metros de su Altar o a miles de kilómetros de Ella. A ti y a mí nos pasa lo mismo, porque somos hermanos, porque somos cristianos, porque somos rocieros.



Esta realidad condiciona nuestra vida y nos modela como instrumentos de Dios en nuestro día a día, desde que sale el sol hasta el ocaso, desde el momento en que comenzamos nuestra peregrinación. Se trata de un camino que iniciamos de la mano de nuestros mayores; de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros tíos, de nuestros amigos o de un desconocido que luego se convirtió en tu hermano y por tanto en el mío. Ellos nos enseñaron a quererla, a rezarle, a tenerla presente cada mañana y a poner en sus manos nuestras ilusiones, nuestras preocupaciones, nuestra vida. Y aquí afloran los recuerdos, la nostalgia y la oración por los que se fueron con Ella, por los que ya tienen el gran premio de gozar de la presencia del Padre y de nuestra Madre del Rocío. Ellos nos enseñaron ese camino en el que cualquier obstáculo se supera con la Fe. Una Fe que transforma nuestra vida en una larga primavera en la que los pinos amortiguan el calor del sufrimiento, la arena ablanda el peso de nuestros pecados, el romero, el tomillo y el almoradux perfuman el regalo de la reconciliación y del perdón. Y la Marisma, salpicada de lucios y carrizales, nos premia bañándonos con la gracia del Espíritu Santo en un eterno Pentecostés.



Junto a su Altar nuestras vidas cobran sentido, hallamos la respuesta a nuestras dudas y la solución a nuestros problemas. Ella nos muestra a Jesús, el fruto bendito de su vientre, y nos lo ofrece como dádiva de amor infinito. Nos invita a acogerlo en lo más profundo de nuestro ser, a imitarlo y a serle fiel. Nos invita a revestirnos de autenticidad, de humildad y de generosidad, a transformar el oropel y la vanidad en profundo sentimiento de hermandad. Nos invita a mirar a lo Alto, a reconocer la misión que el Padre Dios nos ha encomendado, a echarnos a los caminos reconociendo a Jesús en el hermano que sufre, en el que no reconoce su dolor, en el que se esconde detrás de la opulencia, en el que camina con una pena, en el que no fue al Rocío porque es honda su tristeza. Nos invita a compartir y a recibir el Sacramento entre cohetes y cantes, entre guitarras y Salves, entre la flauta y el tamboril.



Y esto es el Rocío. No me pidas que te explique lo que solo puede ser vivido. No es una fiesta sino una forma de vida donde mi casa es tu casa y tu Hermandad es la mía. Una forma de vida en la que mi pena es la tuya y tu alegría es la mía. Una forma de vida en la que la luz vence a la oscuridad, la alegría al odio. Una forma de vida cimentada en hermandad, en la que una espadaña voltea el bronce recordándonos que habíamos sido elegidos rocieros desde que estábamos en el vientre de nuestra madre. Una forma de vida en la que al nacer nos colocan una medalla en el pecho que será testigo de nuestro peregrinar por la vida y más tarde, cuando partamos hacia la casa del Padre, la llevaremos con un cordón empapado de muchos mayos y soles para gritar satisfechos y orgullosos cuando entremos en la Gloria «Madre mía, aquí ha llegado un Rociero».

Manuel Pulido Rodríguez