Rocío bendito

De un tiempo a esta parte, algo ha cambiado en la romería. Las estadísticas destacan que hay menos gente en el camino, menos gente en la aldea, se alquilan menos casas e incluso hay quien tira de cifras relativas a consumo de agua, luz o recogida de residuos. Y todo, para evaluar unos datos de aquello que se puede cuantificar para establecer la relación que se ha producido entre el Rocío y la crisis.

Afortunadamente, no existe medida para la devoción. En este tiempo que nos ha tocado vivir, las dificultades acercan a uno más si cabe a lo substancial y a lo único irreemplazable que hay en la aldea por Pentecostés y que viene a ratificar ese dicho que, mal que le pese a alguno, es la única verdad y la esencia de todo esto, aquello de que “El Rocío es la Virgen”.



Lo que ha cambiado, por tanto, es la forma de acudir y estar en la romería. En contraposición a esta disminución, se observa un notable incremento de personas en la misa de romeros, el rosario y la procesión, que son en definitiva, los actos principales a celebrar en la aldea durante la Pascua de Pentecostés. En esa línea de reverdecimiento de los valores espirituales de la romería, el pasado agosto de 2012, pudimos ver como los más viejos del lugar, al contemplar el río humano que atravesaba el camino de Los Llanos hasta Almonte decían, no sin asombro, que no habían visto jamás tal cantidad de gente en El Rocío. Asimismo, durante la estancia de la Virgen en el pueblo, la Parroquia de la Asunción fue un constante hervidero de peregrinos. Las celebraciones del Año Jubilar tendrían algo que ver, pero no son sino un acicate más para que los rocieros se congratulen por esa vuelta a las raíces que han supuesto estos tiempos de adversidades. Bendita vuelta atrás, si eso nos hace ser mejores rocieros, mejores cristianos y mejores personas. Con todo, parece que pierde fuelle aquella prensa que sólo se dedicaba a sacar las cosas menos buenas de la romería, a las que el poeta llegó a ensalzar “porque si en ese gentío un hombre a Dios se convierte, en los balcones del cielo hay alegría para siempre”. El rociero va a buscar a la Virgen, y en esa búsqueda, encuentra a Dios, al Pastorcito y hasta se halla a sí mismo. Ese paso atrás en lo cuantitativo, está suponiendo un gran paso adelante en lo cualitativo, un impulso, una purificación de todo lo auténtico que tiene la romería. Y esto pasa, como todas las cosas que pasan en el Rocío, porque la Virgen quiere y porque los rocieros y los cristianos, por si a alguien se le había pasado, celebramos en Pentecostés la venida del Espíritu Santo y el inicio de la misión apostólica, que no es sino evangelizar, llevando una palabra de fe y esperanza a todo aquel que lo necesita. Además, no hace falta recordar que ni tan siquiera hace falta ir a la romería para sentirse rociero, porque como decía aquella sevillana de Aurelio Verde “La Virgen del Rocío no está en la ermita, que está donde tu hermano te necesita. Sepa la gente que Dios, sin compromiso, no está presente, y no hay Rocío sin el amor que hace tuyo lo mío”.

Joaquín Vallejo Cabrera