El mirar y el sonreír del hombre viejo

El artículo de hoy es también histórico. Fue escrito el año 1976 en el ABC por José Montoto y hace alusión a la fotografía que se muestra. Nuestro agradecimiento, una vez más, a Don Antonio Díaz de la Serna y Carrión por poner a nuestra disposición tan maravillosos recuerdos.

Al artículo que acerca de la romería del Rocío publicaba el señor Infante Galán en el extraordinario de A B C del domingo lo ilustraban unas bellas fotografías de Álvaro García Pelayo. Aún cuando todas lindas, una es impresionante de verdad, porque hay en ella la expresión de tres momentos, de tres fases, de tres impresiones de unas almas heridas por las luces de la fe y el amor.



La muchacha que ofrece dos velas encendidas al paso de la Virgen tiene expresión de un hondo sentimiento de respeto; de una actitud cohibida e impresionada ante la vista de la Reina y Señora.

El muchacho que alarga el brazo ofreciendo su vela tiene expresión de seriedad viril, de acatamiento emotivo y sincero, de fe hombruna y robusta.

¡Y el viejo...! ¡Qué expresión la del viejo! En su semblante resplandece la fe. El viejo “ve” a la Virgen. En la imagen ve a la misma Señora tal como está en el cielo; y esta visión del cielo se refleja en su cara.



En su expresión yo veo algo más que un mirar y más que un sonreír. Se ve en él la expresión del que contempla lo que no pueden ver ojos humanos. Se ve en su sonreír una oración que aflora sin palabras a sus labios ya hundidos por los años. Y se ve en su mirada que “está viendo”.

Lo que el viejo está viendo no lo ven los demás. Lo ve él tan sólo. La Virgen ha querido mostrarse a este hijo suyo tal y como Ella es, en premio a aquel mirar hondo y ferviente.

En el Rocío, ese día, el día en que ese viejo de tan pobre apariencia ha mirado a la Virgen con aquella mirada de tan honda emoción y tanta fe, ese día, la Virgen quiso inundar de gracia a aquel hijo de ropas tan humildes que con sus manos cruzadas y su mirar tan hondo parece que está en duda de pedir o de dar.



Y en lugar de pedir bienestar y abundancia para él, ha preferido dar, y le ha dado a la Virgen la ofrenda de su fe y de su emoción.

Mientras, Ella le daba, con su gracia, esa serena paz que reina en su semblante de labriego andaluz.