La Reina de los almonteños

Los artículos del Sacerdote Fray Sebastián de Villaviciosa no tienen desperdicio alguno. Demuestran un amor y una devoción a la Virgen muy grandes, como este que escribió en el número 8 de la Revista “Rocío” del año 1959 y que, hoy sábado, día dedicado a los Artículos del recuerdo, hemos considerado que le merecerá la pena a nuestros lectores porque disfrutarán con su lectura.

El artículo, como cada sábado, nos llega de la mano de nuestro amigo y colaborador Antonio Díaz de la Serna y Carrión, a quien una vez más le agradecemos su generosidad con Periódico Rociero.




Lo que de siglos lleva un pueblo en la masa de la sangre será siempre, y por encima de todo, lo que hace suyos a los que nacieron en él. Se puede nacer en Sevilla, y no tener nada de sevillano. La patente de almonteño legítimo la dará siempre, y sobre todo, el amor de locura a la Reina y Señora de las Marismas. Tanto más grande será un amor, cuanto más se acerque a su prueba definitiva, que es la muerte. Fue Jesucristo quien señaló a los amores supremos esta marca: “Que nadie –dijo- ama tanto, como aquel que da la vida por los que ama”. El record del querer a la Blanca paloma lo tienen los almonteños, porque lo batieron y alcanzaron en aquellos tiempos de república, cuando remontar marcas de amores divinos en España, era un heroísmo al borde ya de la locura, y al filo de la misma muerte.



Por aquel entonces, era cosa a la orden del día el que un pueblo se levantara contra la autoridad de un gobierno que actuaba al margen de los más elementales derechos humanos, y siempre, por idénticos motivos: por inquietudes sociales o ideales socialistas. Por eso, la noticia de que Almonte había desafiado a tan despótico gobierno, destituyendo “motu propio” a su Ayuntamiento, la acogió la gente encogiéndose de hombros y con el comentario de: una más. Pero España entera se llevó las manos a la cabeza en gesto de admiración y asombro, cuando supo que eran todos los almonteños, sin distinción de ideas, y se enteró de su motivo: Por ningún ideal humano. Sencilla y asombrosamente porque a su Blanca Paloma la desterraban de su pueblo unos cuantos, que con eso se jugaron el orgullo de ser almonteños, estando ya de más en sus cargos, y por eso, destituidos y desterrados ellos.

Y allí estaba la Reina de Almonte, traída de su ermita, para que vieran esto hasta los ciegos, y se enteraran hasta los sordos. No fue éste ni el otro, fue el alma almonteña la que llamó al gobernador de Huelva para asombrarlo, al hablarle de poder a poder, y con esa calma solemne que los andaluces ponen en sus palabras de reto, cuando están dispuestos a jugarse la vida por una idea grande. Si entonces no dio su vida por el Amor de sus Amores, no fue por otra cosa, que por el buen cuidado que tuvieron en no pedírsela. La palma del amor a la Reina de las Marismas, por derecho de gloriosa conquista, está desde entonces en las manos de sus almonteños.



Con aquel gesto de heroísmo, tan exquisitamente andaluz, los almonteños proclamaron a los cuatro vientos la realeza de Ntra. Señora la Blanca Paloma sobre su Pueblo.

Lo primero que importa al concepto de realeza es mandar y ser obedecido por el más puro amor, sin tener que echar mano de castigo ni de amenazas. Imponerse por la fuerza y el miedo, es cualquier cosa menos reinar. En falso llevaron el nombre de reyes los que levantaron sus tronos sobre filos de bayonetas, con un fondo más o menos disimulado de cárceles y policías. Reinar en la pura verdad del concepto, es ganarse la obediencia y el amor de todo un pueblo, sentado en un trono de flores y estrellas, con la suave lejanía de ángeles y santos como escolta. Reyes así... Cristo en su Iglesia, la Blanca Paloma en sus Marismas.

Con el bisturí del pensamiento le iríamos abriendo el corazón a todos los almonteños, sin la excepción de uno solo, y en la cumbre más alta de sus deseos, coronando su vida y su muerte, le encontraríamos un nombre sobre todos los nombres, y un amor sobre todos sus amores: el de su Madre y Señora del Rocío reinando desde algo tan inefable como un altar, y sentada en un trono de misericordia levantado en l agracia de na ermita. La única fuerza que le rinde honores, es, la gracia de Andalucía, la devoción apasionada de sus devotos, y el amor de sus almonteños.



En lo más íntimo del ser andaluz irá siempre como imperativo regional, el que con gracia, rumbo y nobleza, nos lleven a donde quieran llevarnos. Y como viene a resultar, que la gracia, el rumbo y la nobleza llevadas a su colmo, se polarizan en un solo nombre: el de la Virgen del Rocío; de aquí, el que la Gran Señora que lo lleva por la gracia de Dios y de Almonte, sea la que arrolle y arrebate lo más difícil de llevarse de calle en este mundo: el modo de ser andaluz. No olvidemos que la andaluza manera de ser se va adelgazando a medida que se acerca al mar, hasta conseguir su perfil más fino en los pueblos ribereños del Atlántico. Pues en ambientes tan difíciles para triunfar, reina la Blanca Paloma; en un triunfo arrollador, sobre esta Andalucía baja; y en su reinado sin precedentes, sobre su Almonte de su alma.

El concepto de realeza se desdobla en dos por su misma magnitud: Una cosa relativamente fácil sería el ser rey de España, por llevar en su esencia el disponer de sus riquezas y el dictar sus leyes; y otra, absolutamente imposible, el ser rey de los españoles, por importar esto el que todos sin excepción aceptaran esta realeza. Gloria de María Santísima del Rocío será siempre, el ser Reina y Señora de Almonte, y Reina y Madre de los almonteños.

Córdoba, 1959
Fr. Sebastián de Villaviciosa.