Las vueltas que da la vida

Por esas cosas que pasan y que no quisiéramos que pasaran nunca, a veces nos vemos obligados a cambiar radicalmente de rumbo. Lo que teníamos planeado se cae y a empezar de nuevo, porque de lo que se cayó no nos sirve nada. Esto tiene que ver con mi historia, que tenía muy organizada. Supe lo que quería ser de mayor y estudié para serlo, quería tener una familia feliz y conocí a la mujer que me lo puso bastante fácil para conseguirlo. Todo iba sobre ruedas, la vida me había abierto muchas puertas y no tenía motivos para quejarme.

Me iban tan bien las cosas que no me había preparado para afrontar problemas y los problemas llegaron, porque dudo de que alguien no haya tenido aunque sea alguno.



Se me vino de tal modo el cielo encima que las dificultades me pesaban como un plomo de muchas toneladas. Perdí el trabajo que tenía, mi experiencia no resultó ser para otras empresas el perfil deseado y me dejé llevar por una dejadez total, no me afeitaba, y estaba hecho un desconocido para mi mujer y para mis hijos, ¡hasta para mí!

La cabeza estaba a punto de estallarme. Me despertaba pensando todo lo que había conseguido por mí mismo, lo que había luchado, lo que había trabajado para tener lo que tenía y por lo tanto no me merecía perderlo todo por las buenas ni por las malas.

Mi mujer no perdía la fe y seguía diciéndome que tranquilo, que todo pasaría y volvería a ser como antes.



Pero yo de fe nada de nada, con la de mi mujer había suficiente para la familia entera. Nos casamos por la Iglesia más que nada por ella, los hijos se bautizaron más que nada por ella, pero si no me hubiera casado por la Iglesia o mis hijos no se hubieran bautizado o hecho la Comunión, a mí no me habría supuesto ningún trauma.

Kiko, mi hijo pequeño, llegó un día del colegio diciendo que quería ir al Rocío. ¡Para Rocío estaba yo! ¡Como si no hubiera cosas más importantes en las que pensar!

A mi mujer no le pareció mala idea y me decía que igual me venía bien conocer un ambiente nuevo y lo mismo me ponía mejor, porque yo me sentía el tío más fracasado del mundo.

Bueno, después de mucho discutirlo, pues al Rocío que nos fuimos. Salimos del pueblo a eso de las doce de la noche del domingo. Mi intención era que ellos vieran salir a la Virgen y para casita otra vez. Cuando llegamos no pudimos entrar en la ermita, que ya estaba de gente hasta la bandera.



Dimos un paseo por la Aldea para hacer tiempo, comimos algo, y otra vez nos fuimos a la puerta de la Ermita, a esperar la salida de la Virgen.

De pronto empezaron a sonar las campanas de la ermita, la gente aplaudía, a mi lado había gente llorando, una señora que dijo algo así como “otro añito más que te vemos”, pero yo no veía nada, lo único que sabía era que la Virgen había salido pero yo todavía no la había visto.

Cogí a mi chiquillo en brazos que empezó a tocar las palmas como si hubiera ido al Rocío toda la vida. Se puso muy nervioso, y nos decía a su madre y a mí: “mírala, papá”, “ahí está la Virgen, mamá”…

En un movimiento que quisimos hacer para cambiarnos de sitio el paso de la Virgen corrió hacia donde estábamos y no nos dio tiempo a hacer nada. La teníamos a menos de un metro y así sin saber bien lo que estaba haciendo, le dije “que estoy hundío, cómo salgo yo de esta”. Las andas tocaron el suelo y los almonteños lucharon hasta volver a levantar su paso y yo comprendí que estaba luchando solo y que el paso de la Virgen se levantó con la ayuda de muchos hombres.



Desde esa Romería del 1994, ya no he faltado ni una a la procesión de la Virgen. No fui capaz de irme después de haberla visto y recé después de muchos años, más o menos desde que yo hice la Comunión, pero esa vez recé sin nada aprendido.

Mi vida dio muchas vueltas y los cambios no fueron los que yo esperaba pero me compensaron con creces. Para empezar ahora soy rociero y eso me sirve para todo lo demás.