A las monjas rocieras




Tengo varias amigas religiosas, unas de vida activa y otras de vida contemplativa que, desde sus conventos y congregaciones, viven con auténtico gozo su devoción a la Santísima Virgen del Rocío.

Las de vida activa tienen la ventaja de poder acudir alguna vez al santuario y, acompañando a niños a los que dan clase o a mayores a los que atienden, estar un ratito ante la mirada de paz de la Reina de las marismas.

Las de vida contemplativa, las de clausura, sin salir del interior de sus conventos y monasterios, pero sin apartarse un instante del mundo por el que oran continuamente, viven la devoción rociera con la misma o mayor intensidad de lo que nos imaginamos.

No hace mucho, hablando por teléfono con una de esas amigas, me comentaba cuánto desearía acudir algún día al Rocío y, aunque fuera unos instantes, poder orar ante una imagen que para ella es tan importante. No la ve desde que tenía dieciocho años, (ahora anda cerca de los sesenta), cuando comunicó a sus padres que quería ser monja, causando toda una revolución en su familia que al principio no encajó muy bien la noticia, pero que transcurrido el tiempo lo vieron como lo que es: un privilegio y un don de Dios para su hogar.

Le comentaba yo: “Al menos, usted pudo verla y estar cerca de la Virgen alguna vez. Seguro que habrá quien no haya podido ir nunca”. Y ella respondía que tenía razón, y sonriendo me decía que a ver si el Papa Francisco concedía una dispensa a toda la familia de clausura para que conocieran a la Virgen del Rocío, si así lo deseaban.

Después, avanzando en nuestra conversación, que se fue tornando de una profundidad de las que dejan huella, la hermana Trinidad me decía que para ella, en la clausura, todos los días son un Rocío nuevo, que siente a la Virgen a cada paso, que no hay nada que vaya a hacer de lo que la Virgen no esté informada, que en sus ratos de soledad y silencio, cierra los ojos para buscarla y la encuentra, y en ese encuentro la ve más bella aun del día en que fue a despedirse en su ermita. Me cuenta que en su convento, el Rocío se respira en el ambiente, en la alegría de sus compañeras de comunidad, en las horas compartidas de la liturgia, en la misa de cada día, porque una de las cosas a las que más le costó renunciar fue justo quedarse sin ir a la romería del Rocío, pero a cambio, la Virgen le ha permitido descubrir que tenía mucho más reservado para recompensar su entrega.

En su habitación, austera, sencilla, sin lujos, tiene una pequeña estampa de nuestra bendita Madre, y está gastada de besos y descolorida por el paso del tiempo. Dice que desde los dieciocho años entró con ella al convento y nunca la dejó sola ni desatendida.

Bendito Rocío el suyo, del que tanto deberíamos aprender los que estamos a éste otro lado de su reja.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es