Prepárate y mueve montañas



Partiendo de que la Fe mueve montañas, y de que ésta frase es de las más repetidas del Evangelio, aunque muchos no sepan de su procedencia, me atrevo a hacer un llamamiento urgente a todos los rocieros para que demos el paso de llevarlo a la práctica.

Lo que se memoriza y se repite en el pensamiento termina por hacerse realidad si de verdad es lo que deseamos.

Hace algún tiempo que me encuentro con personas que luchan desesperadamente por no perder la Fe. Por encima de cualquier otra dificultad o circunstancia que vivan, suplican que la Fe no se les vaya. Son personas solidarias, bondadosas, que han recibido duros golpes, algunos inesperados y probablemente inmerecidos, pero les toca enfrentarse a algo que tampoco esperaban: mantenerse firmes en la Fe.

Cuando han visto que las situaciones que viven les está sobrepasando, se han tambaleado en aquello que pensaban que sería intocable e inquebrantable, ocurriera lo que ocurriera en la vida. Les aterra sentir vacío o sequedad en el corazón, se han asomado al abismo de la desconfianza y han dejado que el miedo se instale en su vivienda interior.

¡La Fe mueve montañas! Y sólo con la Fe se pueden espantar los desánimos, las desganas, las tristezas, la amargura, la desesperación, el dolor... Sólo con la Fe se pueden seguir dando pasos. Es nuestra propia Fe la que empuja la montaña que se nos pone por delante, por mucha altitud que tenga, por muchos desprendimientos de tierra que vengan de la parte más alta, por más tenebrosa que nos parezca.

Hay montañas muy pesadas, es cierto, pero no por eso vamos a dejar que nuestra Fe no continúe su trabajo. Se tardará más o menos en apartarla, pero hay que seguir empujando hasta que se mueva si es lo que necesitamos para continuar la peregrinación por la vida que Dios nos ha regalado.

Las palabras no siempre consuelan pero van surtiendo efecto en la medida en que las grabamos en el corazón para practicar algo tan imprescindible como la oración, la confianza, la Fe, la perseverancia, el trabajo...

Me contó Fernando, un amigo al que aprecio, que ya está harto de confiar, que su Fe no le trae lo que necesita y que otros que no van a la Iglesia, que pasan de Dios y que la Fe no les importa nada, tienen desde hace tiempo más de lo que se hubiera atrevido nunca a soñar.

Fernando es un rociero que ha mirado muchas veces a la Virgen del Rocío y que ahora no tiene demasiadas fuerzas para levantar sus ojos.

...Y no sé cómo podría ayudarlo. No sé qué podría decirle para que siga creyendo, para que no baje la guardia, para que vuelva a empujar la enorme montaña que tiene por delante, pero sé que los ojos de la Virgen del Rocío volverán a rescatarlo del vacío en el que ahora vive y Ella estará a su lado para allanarle el camino y para que encuentre otra vez la luz.

Personalmente creo que las montañas gigantes que se nos pueden presentar sin esperarlas no están ahí porque Dios quiera fastidiarnos, sino porque cuando nuestra Fe las mueva de sitio, veremos tras ellas todo lo bueno que Él nos tiene preparado.

A todos los que empujan ahora su monte, les envío mi cariño, mi ánimo y mi oración.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es