Los que la saben llevar




La Virgen del Rocío salió de su Santuario y regresó a él y todavía me parece un sueño todo lo vivido… Todavía me cuesta poner orden a tantas emociones y al cúmulo de sentimientos que se despiertan al hilo de ese Lunes de Pentecostés que siempre es nuevo y siempre abundante en dones y milagros, porque Ella es un milagro y nuestro mejor don.

Hermosamente vestida, estrenando un bellísimo traje confeccionado y bordado por manos jerezanas, las del equipo del taller de Fernando Calderón, y con esa corona de amor, ofrenda de tantos sentimientos que se han posado sobre sus sienes, se adueñó de los corazones de sus hijos de Almonte y derramó sobre ellos la serenidad que necesitaban para hacer que el Rocío del 2019, como ocurrió cien años antes cuando fue coronada canónicamente, se convirtiera en histórico.

El Simpecado de la Hermandad Matriz se aproximaba a la Ermita, tras culminar el Rosario de Hermandades que estuvo ungido por las oraciones de los rocieros. Las luces de las bengalas iluminaban el camino y los jóvenes de la Escuela de Tamborileros lo escoltaban con sus sones.

Una lluvia de palmas le daba la bienvenida cuando pasaba por delante de nuestros ojos, pero tal como caía el chaparrón, el silencio volvía a apoderarse del espacio y de los sentidos de una forma espontánea que partía del interior del Santuario y que se extendió a toda la Aldea.

Ésta vez el silencio fue la mayor demostración de alabanza que Almonte le ofrendó a su Patrona.

Bajo la concha peregrina de la Ermita hizo su aparición el Simpecado, atravesó el umbral que nos traslada a un pedazo del edén de los cielos y, a paso firme por quienes lo portaban, se puso frente a la Reina de las Marismas, que recibió la primera de las Salves de labios de su pueblo.

Almonte no le quitó el sitio a la joya más preciada, desocupó para Ella el centro del Santuario y cuando Ella quiso, cuando sopló al oído de los suyos que era el momento, sus hijos acudieron al presbiterio para portarla sobre sus hombros, respirando una paz que parecía bajada del cielo y que no los abandonó ni un instante en todo el recorrido.

Como una Reina, -porque es una Reina-, salió a la calle la Virgen del Rocío. Bajo los bancos de su paso, hombro con hombro, estaban los que tenían que estar, los que desde hace siglos vienen enseñando a las nuevas generaciones que ese es el sitio de Almonte y que solo Almonte tiene el privilegio de acercar a la Blanca Paloma a los que hicieron de sus Hermandades un nido para recibirla.

Pasarán años y seguiremos recordando aquella salida de la Virgen del 1919, tal como nos la han venido contando, como tampoco podremos olvidar la salida de este año 2019, que nosotros sí hemos podido vivir. Su pueblo no estaba dispuesto a abrirle más heridas a su paso y demostró que cuando abre una página lo hace para que lo que en ella se escribe se quede para siempre en letras grandes, porque si de algo está seguro Almonte es del Amor por su Patrona.

¡Qué grande ha sido la Procesión de la Virgen! Intuíamos su sonrisa, veíamos asomar en sus ojos la fortaleza que nos trae su mirada y la vimos mecerse entre ese oleaje que esta vez tenía el color de la cresta de las olas, blanqueando de pureza los rincones del Rocío, encalando las paredes del alma cuando la sentíamos llegar y Almonte se dejaba la piel para que la tuviéramos cerquita.

Se me viene a la memoria unas sevillanas que a mi padre le gustaban muchísimo:

Rocío, siempre Rocío,
la Marismeña,
la que quiso una mañana
ser almonteña…


Y entiendo que es almonteña porque no podía ser de otra forma: en qué brazos iba a estar mejor la Virgen que en los de un pueblo que daría su sangre por Ella.

Gracias, Madre.
Gracias, Almonte.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es