A mi madre, por su dulce nombre de María



No pudo ser otro nombre el tuyo, mamá.
Por más que los abuelos hubieran buscado por la faz de la tierra un nombre que te identificara, jamás hubiese sido otro tan bonito como el que tú llevas: María.

Porque en ti vivo cada día muchos de los valores que de la Virgen me inculcaste:
su entrega,
su amor sin condiciones,
su manía de dar siempre, sin pensar si a cambio vas a recibir,
su consuelo, cuando uno de sus hijos sufre o está preocupado,
su llanto, cuando un hijo tiene que desahogar su alma entre lágrimas,
su confianza, cuando se pierden las fuerzas de confiar en uno mismo,
su ánimo, cuando hay que ser valiente y empezar un proyecto,
su palabra, cuando necesitas oír el susurro de quien te quiere de verdad,
su abrazo, cuando buscas el calor auténtico,
su beso, que siempre es oportuno...

Todo eso y mucho más lo tengo en ti, mamá.
A veces te admiro, por la paciencia que tienes conmigo, por soportar mis malos humores y, aun así, no olvidarte nunca de tu beso de buenas noches; por mis contestaciones a destiempo que sólo me devuelves con la ropa planchada, con la comida que más me gusta en la mesa, y con la comprensión que ni yo misma me dedico.

Alguna vez te he hecho llorar. Y de pensarlo se me desgarra el alma, -aunque te hiciera llorar de alegría-, y me cuesta incluso seguir tecleando esta editorial que he querido dedicarte íntegramente y que apenas es una simple muestra de lo mucho que te mereces y yo desearía ofrecerte.

Rocío fue uno de los primeros nombres que me enseñaste a pronunciar. Las dos le debemos a papá, -que estará hoy festejando tu Santo, cogiendo flores de azahar y romero en las Marismas azules para sorprenderte en algún momento del día-, la devoción a la Patrona de Almonte. Fue papá quien te hablaba de Ella, y luego los dos me hablasteis a mí, y más tarde a mi hermano.

GRACIAS por haber grabado con tanta fuerza ese nombre en mi corazón, por ponerme en sus manos antes de que naciera y porque tus ojos se pierden en la pantalla del televisor cuando asoma la Virgen por algún sitio. ¡Gracias por habernos enseñado el camino del cristiano y por habernos hecho marianos hasta la médula a mi hermano y a mí!

Decidiste un día que no volverías a ver a la Virgen en Pentecostés. La ausencia del único amor de tu vida, hizo que no aceptaras esa momentánea despedida. ¡Y no sabes bien, mamá, cuánto pido para que algún Pentecostés vuelvas a estar entre el bullicio de la gente, dedicándole tus rezos a la Virgen!

Sin embargo, cada 12 de septiembre, sólo pides que tu regalo sea rezarle a Ella por ti y por tus cosas, porque tus cosas, lo tuyo, somos nosotros -pues hasta para tu oración eres generosa-, y eso haré, si Dios quiere, rezarle a nuestra MADRE por mi madre.

Hoy, que hacemos tan mal uso de la palabra, se dice “te quiero” muy a la ligera. A ti, que, junto a mi hermano, sois lo más grande que me queda en esta vida, no me sale decírtelo de viva voz, (ya sabes que no me gusta la “empalagosería”), pero tengo mi palabra escrita y por eso he perdido la cuenta de las veces que hoy te he llamado por teléfono desde el trabajo: una cantándote, otra para preguntarte quién te ha llamado, otra para saber qué comeremos… Todas para demostrarte que te quiero más que a mi propia vida, que me siento feliz de que seas mi madre, que Dios escogió a la mejor, porque sabe elegir muy bien, que estoy orgullosa de llevar tu sangre, y que te necesito y me haces mucha falta...

…Y es que hoy el timbre de tu voz es más dulce que cualquier otro día, tan dulce como tu nombre, mamá.

No hace falta que te lo diga, porque lo sabes, pero te quiero.
Felicidades.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es