A la memoria de Eduardo Fernández Jurado




Cuesta creer que se ha marchado para siempre Eduardo Fernández Jurado. Cuesta dar crédito a esa noticia que nos llegaba hace unos días y que, de pronto, nos hace caer en la cuenta de que otro rociero, con letras grandes, se nos ha ido a “esas marismas azules que se encuentran en el cielo”, como dicen aquellas eternas sevillanas de Juan de Dios Pareja Obregón, que popularizaron Los rocieros en el año 1980 y que, todavía, en nuestra época, se siguen cantando como si hubieran sido escritas hoy.

Muy poco se podría decir nuevo de Eduardo que, entre los rocieros y cofrades, no se conozca, pues aunque por su profesión como médico, han sido también innumerables los méritos cosechados, bien es cierto que como compositor y pregonero es como más se le conoce más allá de su tierra.

Y es que alguien que ha escrito versos como aquel “Salta la reja, almonteño, se acaba la madrugá”, o aquel otro de “Agarrao a tus varales, Rocío, te voy rezando”, o también el que consiguió convertirse en eco en más de una ocasión en la calle Moguer, “La Virgen del Rocío sí tiene dueño” o el recordado “Un escalofrío me tiene arrecía el alma”, o “Almonte a mí me ha enseñao cómo tengo que quererla”… Alguien que ha escrito versos tan singulares y únicos, tan sencillos pero con tal profundidad, hechos para que sean cantados con nuestro acento andaluz, cuna de culturas y saberes, es imposible que se haya marchado.

El poeta ha dejado una obra tan inmensa al servicio del pueblo, que ya son varias las generaciones que la han hecho suya y serás más todavía la que conseguirán que se vuelvan eternas.

He tenido el honor de conocerlo, de tener con él amistades comunes, y de entrevistarlo en más de una ocasión en nuestro programa de televisión “La pará rociera”. Guardo de él preciosos mensajes que me hizo llegar en distintos momentos, vía WhatsApp, y que, viniendo de él, me hicieron sentir especial.

Desde luego a la Virgen la ha querido con locura, y la ha piropeado sacando de su corazón un caudal de devoción y fervor para compartirlo con todos. Ahora, aquello que seguro escribió de forma más íntima para Ella, podrá decírselo cada día, contemplando el verdadero rostro de la que tanto amó en la tierra, una tierra que abonó lo mejor que pudo para que la semilla rociera que él fue dejando siga creciendo y dando buenos frutos.

Descansa en paz, Eduardo.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es