Un diciembre distinto



Me gusta especialmente el mes de diciembre, aunque también me dejo envolver por el celofán de la melancolía que parece venir incluida en el conjunto de sus treinta y un días.

Pero me gusta, sí. Pese a todo, diciembre no hace sino recordarme etapas de mi vida, desde la infancia hasta la actual, que están cuajadas de agradables acontecimientos, que me resucitan en el corazón a seres queridos que ya no están y que, llegadas estas fechas, estarían preparando toda una lista de detalles para hacer felices a los suyos, para sorprendernos con su cariño, en forma de regalos o de sentimientos que, no sabemos por qué, -pero es así-, se ponen a flor de piel y nos rodean de ternura.

Los que no están y los que estamos seguimos intentando que cada reunión familiar se convierta en inolvidable y estemos deseando tener otro pretexto para volver a reunirnos.

Este mes de diciembre, el de 2019, lo veo más apagado. En mis paseos por el centro de mi ciudad no se ve demasiado movimiento con respecto a la Navidad. Tengo la sensación de que, así como en mi tierra, otros muchos lugares se han dejado amedrentar por la pesadumbre de tanta lucha y quebradero de cabeza que se lleva acumulado.

Rara es la conversación en la que no sale la palabra “crisis” o “estrés” o “preocupación”… Y, en cambio, cuánto podría transformarse todo si nada de eso pudiera robarnos el espíritu de la Navidad que deberíamos prolongar al año entero.

Tengo ganas de que se anuncien las inauguraciones de los alumbrados, que se repartan folletos indicándonos dónde podemos ir a visitar nuestros Belenes, que no nos dé tiempo a ir a todas las zambombas que se programan en un día. Pero mayor es mi deseo de que se anuncie el fin de la crisis, que se alumbre el alma de tanta gente a la que quiero y que sé que lo está pasando mal, que se repartan funciones porque vuelve a haber trabajo para los que lo perdieron y podemos visitar el Nacimiento de una etapa feliz y no nos dé tiempo a otra cosa que no sea repartir nuestra alegría.

Mi deseo es que la tristeza no venza a nadie, que la Fe sea fuerte aliada para ganar a la tormenta que ya pasa, siempre está de paso, y quedan pocas nubes para que el sol reine en todos los corazones.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es