Por favor, ¿me ayuda? No sé leer




Intentar opinar teniendo por base los valores evangélicos te lleva, en muchos casos, a desesperarte ante la injusticia, a sentirte impotente ante aquellos que se creen poderosos y, por supuesto a levantar la voz, -nunca el tono-, cuando es necesario.

Me llama la atención cuando se entra en un banco y te invitan a utilizar el cajero para agilizar “las tareas”.

Es evidente que no es porque se vayan a agilizar las tareas propias, sino más bien las ajenas, las de aquellos que, trabajando tras su ventanilla, no están por la labor de atender a colas que, a veces, les parecen interminables, pero no se puede cobrar a fin de mes sin hacer nada. Bastantes parados tenemos en el país y, aunque sólo sea por respeto a esos que están desesperados buscando empleo, no están las cosas como para que los que trabajan pretendan ganar haciendo lo mínimo.

Pero no es ese el caso que hoy me ocupa en el editorial.

Leí hace unos días un letrero en una entidad bancaria: “Para ingresos inferiores a 1.000€ vaya al cajero. En ventanilla NO”. Yo aguardaba pacientemente a que llegara mi turno para hacer mis gestiones. Tenía por delante de mí a nueve personas. La señora que me antecedía llegó a la mesa educadamente, dio los buenos días, -que le fueron contestados de muy mal modo por el empleado-, y cuando fue a realizar su ingreso le respondieron: “aquí no, en el cajero”. La mujer, algo mayor de edad, pidió por favor que le atendiera porque llevaba rato esperando y no sabía que hubiera que hacerlo así. Y el empleado le dijo: “El cartel lo pone bien clarito”. Ella, bajó tímidamente la mirada y añadió: “no sé leer”.

Sentí una tremenda compasión por esta persona y, esperaba que el empleado le hubiera atendido mejor. Pero para mi sorpresa su respuesta fue grosera y humillante: “espérese que pase toda este gente y entonces le ayudo”.

La mujer, indignada, se levantó y, un señor que también aguardaba su turno, no del banco, se acercó a ofrecerle su ayuda.

Es muy triste que este tipo de situaciones se den en nuestros días. Pero ¡qué alegría que Dios tenga instrumentos allí donde ve una necesidad! Porque la compasión que sentí por esta señora fue compartida con la gratitud que sentí hacia este hombre. Los dos eran desconocidos para mí, pero yo aprendí una nueva lección y es que no podemos quedarnos quietos ante la injusticia, ante el dolor o ante una necesidad de alguien que puede precisar de nosotros y a quien podríamos ayudar de forma inmediata.

El hombre, que debería haberse sentado cuando yo terminé mi gestión, le cedió su sitio al generoso caballero que ayudó a esta señora.

Le di las gracias a la Virgen del Rocío por esta nueva lección de vida, le pedí por aquellos que no saben leer una frase ni escribir su nombre en un papel y le agradecí lo afortunados que somos a pesar de lo que nos quejamos. Y, sobre todo, le pedí por aquel empleado y por todos los empleados que, habiendo tenido el privilegio de haber sido escolarizados y haber recibido unos estudios, no saben traducir los ojos de las personas a las que atienden cada día porque este, este sí que es un grave problema de analfabetización.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es