¡Cuánto nos quieren a nosotros la Virgen y el Pastorcito!



Estuve en una tertulia recientemente en la que se debatía el tema de qué es lo más importante para las personas.

Éramos once los amigos y amigas que estábamos reunidos alrededor de una mesa, mientras tomábamos un refresco y degustábamos alguna tapa. En la reunión había un matrimonio y una pareja de separados.

Unos decían que lo más importante hoy en día es tener una cartera con bastantes billetes. Otros que lo más importante es la salud, el trabajo... Pero tanto el matrimonio como ésta pareja, que llevan algunos años juntos después de abandonar sus anteriores relaciones, defendían que no hay nada más importante que los hijos.

Le preguntaban: ¿para ti es más importante tu marido o tu hijo? Y el matrimonio y la pareja respondían casi a la vez: mis hijos.

Seguían preguntando: ¿Y si tuvierais que elegir entre vosotros y vuestros hijos, renunciaríais a estar juntos por ellos? Y respondían: por supuesto.

Los que no tenemos hijos no estábamos del todo de acuerdo. Unos decíamos que lo más importante son nuestros padres o nuestros hermanos, pero ellos, -con argumentos difíciles de tambalear-, concluían que no hay nada en esta vida que haga tan feliz a una persona como la felicidad de sus propios hijos. Que nada duele tanto como la muerte de un hijo, que no soportarían ni pensar que algunos de sus hijos pudieran sentirse abandonados o no queridos por ellos, que antes eran capaces de quedarse sin comer si un hijo lo estuviera pasando mal económicamente, y que no podrían ser felices jamás sabiéndolos preocupados, o percibiendo su tristeza o faltos de algo. Y, en resumen, que antes de hacerle daño a ellos preferirían su propia muerte.

Hay una cita preciosa en la Biblia que dice que “Dios nos ama con entrañas de madre”. Y, hoy, cuando todavía no habían empezado a tostar el cielo las primeras luces del día, recordé esa tertulia que inspira mi editorial de esta mañana, porque acordándome de todo lo que dio de sí el tema, es fácil imaginarse cuánto nos quieren a nosotros la Virgen del Rocío y el Pastorcito.

Y creo que un verdadero padre, como mis amigos comentaban, daría su vida por un hijo. Eso hizo Dios, el hacerse Hombre fue para entregar su vida por nosotros. Sufre y nos presta su ayuda cuando lo pasamos mal. Si alguno de sus hijos muere, Dios también muere de dolor y para que no nos sintamos jamás abandonados, nos entregó a María, su Madre, convirtiéndola en nuestra Madre, que nos da felicidad e intercede para que no nos falte nada de lo que necesitamos.

Son pensamientos en voz alta, intentando traducir los misterios de Dios, que seguirán siempre siendo insondables, pero por los que me siento muy agradecida… Profundamente agradecida.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es