Todos contigo, Madre del Rocío. Todos en casa




Todos contigo, Madre del Rocío. Todos estamos ahí y aquí, en casa. Más en casa que nunca, unidos, haciendo que todos los corazones seamos, con el tuyo, un solo corazón.

Guárdanos bajo tu manto, Virgen bendita del Rocío. Ese manto tuyo se ha extendido tanto a lo largo de los siglos que todos tenemos sitio bajo él. Porque tu manto es sanador, tu manto es esperanza, tu manto es consuelo, tu manto es paño de lágrimas, tu manto es abrazo, tu manto es gracia y bendición, tu manto es auxilio y es abrigo para el frío del alma.

Y tú sabes bien el frío que nos recorre el cuerpo, tiritamos sabiendo cómo cada día aumenta el número de contagiados por la terrible pandemia que azota a nuestro país y al mundo. Lo sabes porque fue bajo tu manto donde salvaste a tu pueblo de epidemias y sequías, de guerras y desesperaciones.

Tenemos miedo, porque somos débiles, pero nada tememos cuando te miramos a ti, y en ti están puestos nuestros ojos, nuestras esperanzas y nuestros anhelos.

No tenemos ni la más puñetera idea de qué quiere tu Hijo enseñarnos con todo esto, pero alguna lección desea darnos, tal vez por entretenernos tantas veces en lo más superfluo y disparatado de la vida, en lo más insignificante, dejando que se nos escape todos los días lo que realmente importa.

El Señor nos ha puesto freno, nos ha pedido parar, quitándonos aquello sin lo que pensábamos que no podríamos vivir. Y tú misma te has echado a un lado, como siempre, de puntillas, como siempre… Tal vez para que te busquemos y te hallemos en el santuario del alma, para el que no hacen falta caballos, carros ni carretas; solo la humildad y la fe. Tal vez nos has invitado a realizar un “costo” distinto en esta cuaresma, que empieza por aislarnos para no contagiarnos de aquello que es malo y para que nuestro mal tampoco alcance a los demás; quedarnos quietos para que nuestros errores no sigan andando y, una vez reemprendamos la marcha, hacerlo con una mirada nueva, con los pulmones renovados de aire limpio, recordando que lo importante está en lo sencillo, en lo que no valoramos día a día.

A mí me has removido hasta las entrañas, y espero que este parón me ayude a ponerme en camino, a tomar los mejores caminos, a renovar y convertir la piedra de mi corazón en carne, aunque duelan los golpes del cincel y el martillo. Lo pido para mí y lo pido para todos.

Y te lo ruego, Madre mía del Rocío, exactamente tal como te lo pido cuando rezo la Salve:

“Sálvame, Virgen María.
Óyeme, te imploro con fe.
Mi corazón en ti confía,
Virgen María, sálvame.
Virgen María, sálvame, sálvame…”

Sálvanos a todos, que estamos contigo, todos en casa.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es