La fe al borde de un precipicio



Varias personas a las que quiero me dicen últimamente que sienten su fe tambalearse de una forma brutal, por circunstancias distintas, y algunas comunes a todos ellos, y sienten el miedo pisándole los talones porque no saben cómo serían sus vidas sin aquello que parecía inamovible.

La Fe, esa palabra que tanto nos suena a los cristianos porque desde que el Papa proclamara el Año de la Fe se nos invita a profundizar y a crecer en ella continuamente, es el arma más poderosa con la que puede contar una persona.

De la Fe se nos habla en el Antiguo Testamento. No hay un solo Profeta que no nos hable de ella. Todos los libros contenidos en el Antiguo Testamento nos hacen caer en la cuenta de la importancia de mantenernos firmes en la Fe. Y si el Antiguo Testamento no hizo la vista gorda a una de las tres virtudes teologales, cómo olvidar todo lo que nos apunta el Nuevo Testamento, desde la propia anunciación a la Virgen, la llegada de nuestro Salvador al mundo, los Misterios espeluznantes de su Pasión, Muerte y Resurrección, hasta la promesa cumplida de la presencia del Espíritu Santo, tan importante para los rocieros, y todo lo acontecido entre los Apóstoles que podemos encontrar en los Hechos, o las cartas sin desperdicio de San Pablo, San Juan, San Pedro…

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis se nos dice continuamente: “Tened Fe”. Pero cuando se nos rompen los esquemas sentimos que esa Fe se pone al borde de un precipicio y, así, en ese borde de altura de vértigo tengo ahora a algunos de mis amigos que lo último que desean es perder aquello que saben que tanto les ha ayudado a superar cualquier situación.

Con esos amigos comparto miradas y oraciones ante la Virgen del Rocío, miradas para las que no hace falta decir nada porque los ojos también hablan y solo nuestra bendita Madre sabe leer lo que hay en ellos.

Y a pesar de estar a un solo paso de la caída, siguen rezando, siguen mirando el rostro de la Virgen del Rocío, siguen esperando, sin saber por qué y, a veces, sin saber para qué, pero peleando con esa agotadora duda que disfruta cuando se asienta en los corazones que parecen más robustos en la Fe. Una duda incómoda y dolorosa que nos da donde más nos duele.

Y nos dice el Evangelio que la Fe mueve montañas, pero qué difícil es que esté intacta.

Pensando en estos amigos, me he acordado hoy de todos esos lectores de periodicorociero.es que me escriben y me dicen que “no saben cómo pueden tener Fe con todo lo que tienen encima”, refiriéndose a esas situaciones penosas a las que hay que enfrentarse en algún momento de la vida. Me lo cuentan como si mi Fe fuera perfecta, como si jamás la mía se hubiera tambaleado nunca, cuando yo misma también me he visto al borde del precipicio y tanto miedo me ha dado que no he querido mirar hacia abajo. Simplemente, he hecho lo que hacen mis amigos: seguir rezando, seguir esperando, seguir buscando consuelo y comprensión en los ojos de la Virgen del Rocío.

Mi deseo para todos los que leen la información en éste Periódico Digital Rociero, es que nos apartemos del peligro y a cambio nos dejemos coger en brazos por la que puede devolvernos al camino, por más oscuro que ahora se pueda ver todo, porque en sus ojos está la llama encendida del Amor, la que hace posible que a pesar de los pesares jamás perdamos la Esperanza.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es