Menos críticas y más acción




Se nos va la fuerza por la boca, como si con las palabras pudiéramos arreglar el mundo pero nadie, o casi nadie, mueve un solo dedo para ponerlo en práctica.

Ocurre en todos los ámbitos de la vida. Todos dan lecciones de cómo debe ser una familia, pero mirando la familia del vecino, cuando lo más urgente es arreglar las desavenencias existentes en las de uno mismo. Muchos tienen claves para conseguir una gran producción en el sector empresario, pero no tienen empresas. Un buen número de ciudadanos expone, tal como lo piensa, un programa político idóneo para el cambio del país, pero dice que no vota. Qué decir de nuestras Hermandades, da igual si es del Rocío o de penitencia, no hay un hermano que se libre de criticar lo que se hace y se deja de hacer por ésta o aquella junta de gobierno, pero no pisa la Hermandad y, si la visita, lleva las gafas de aumento colocadas para que no se le escape ni el pequeño desconchón que pueda haber en la parte más alta y oculta del techo.



No nos escapamos los católicos. Basta mirar el facebook, el twitter y cualquier red social, para darnos cuenta de cómo damos unos mensajes impresionantes. Una riada de pautas a seguir se extiende por internet, nos invitan a adorar a Cristo, nos animan a ser absolutamente del Señor y a dejar atrás una vida de pecado y de destrucción, pero muchos tratan con la punta del pie a sus mujeres, sus maridos, sus padres, sus hijos, sus hermanos, suegros, cuñados, amigos… Olvidando que cada uno de nosotros “somos imagen y semejanza de Dios” y que en el trato y el cuidado que ofrecemos a los que nos rodean, empezando por esos con quienes convivimos y tenemos más cerca, existe una profunda tarea de comunicación con ese Dios a quien, la mayoría de las veces, solo predicamos con la palabra, tan distante de los hechos.



¿Nos hemos mirado a nosotros mismos? ¿Nos hemos examinado en lo más hondo de nuestro ser? ¿Nos hemos preguntado alguna vez cómo hemos podido herir a quienes decimos querer?

Ya lo dice el evangelio: “No basta solo decir Señor, Señor, para entrar en el reino de los cielos”.

Y yo me pregunto: cuántos que decimos ser rocieros, nos hemos planteado –una vez al menos-, que no solo basta con decir “Viva la Virgen del Rocío”, que no solo basta con ser eruditos de la sapiencia rociera, que no solo basta con decir lo que quiero a la Virgen… Cuántos nos hemos puesto en marcha y caminar de verdad, caminar para ayudar a que otros caminen, construir en lugar de tanto criticar y manchar el nombre de nuestras instituciones, cuántos hemos estado dispuestos a llevar palabras de ánimo en lugar de reproches, alentar lo positivo de los hermanos en lugar de buscarles sus fallos y equivocaciones.



La Virgen es toda una maestra de oración, pero también es toda una maestra de la acción. Nos enseña a orar y a llevar la oración a la vida. Nos enseña a criticar menos y a poner más de nuestra parte. Nos enseña que ser rocieros no es una condecoración, sino un estilo de vida, enraizado en el mensaje de Jesucristo, que nos compromete, nos aleja de la mediocridad y nos impulsa a darnos por entero a ese amor que se nos entrega a manos llenas y sin condiciones.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es