Regresará cuando Ella quiera




Las idas y venidas de la Virgen del Rocío a su pueblo de Almonte son un antes y un después para cada uno de los hijos que cuentan con su patronazgo.

Los siete años que Almonte espera para tener a la Virgen de nuevo en su parroquia de la Asunción, como centro de todas las miradas, es una sensación que ni los propios almonteños son capaces de describir, porque están llenos de recuerdos, de momentos, de imágenes que se quedan guardadas para siempre, de una vez para otra.



En cuestión de segundos puede cambiar la vida de una persona, imagínense cuánto nos cambia la vida en siete años.

En ese tiempo hay personas que antes estaban y ahora no están, que esperaron a que la Virgen llegara para prepararse a hacer su viaje definitivo a las marismas del cielo. En ese tiempo nacieron nuevos devotos de la Virgen, algunos que antes eran niños ahora son adolescentes o jóvenes; otros que eran jóvenes hoy son padres y los que antes fueron padres hoy son abuelos. Muchos habrán superado enfermedades, otros estarán ahora luchando por sanarse. Puede que antes estuvieras en lo más alto y ahora te tocó experimentar cómo se está por debajo del suelo, o al contrario.

Siete años pasan lentos y se van volando, y acabamos dándonos cuenta de que revivimos cosas como si estuvieran pasando ahora mismo y pensamos en otras, añorando que ya se nos fueron.



Y es que todo va pasando en ese compás con el que Almonte espera a su Virgen, y por eso cuando la ve llegar siempre es más fuerte el agradecimiento que la súplica, porque se vuelve a tener el privilegio de ser parte de una nueva venida, de participar en la vida cotidiana con todo lo que su visita genera, revolucionando cada rincón del pueblo que a diario encuentra millones de excusas para merodear la plaza, el mercado, las tiendas… Y tienen en Ella el principal motivo para entrar y salir de la parroquia tanto como se pueda antes de que vuelva a su Santuario.

Han pasado nueve meses, pero la Virgen permanecerá por más tiempo en su parroquia. La cuenta atrás para que vuelva a su ermita blanca se prolongará hasta que haya pasado el peligro para sus hijos. Así de grande es la Virgen, que es protectora, intercesora, Pastora y Reina a la vez, abogada de todas las causas, refugio y consuelo, pozo de las alegrías que le compartimos y, por encima de todo, es Madre.



Esta vez, la Virgen no regresará a su ermita en el tiempo previsto, como tampoco hubo procesión por su pueblo tal como se esperaba, como no habrá romería como anhelábamos todos. Esta vez el tiempo lo marca Ella, para que aprendamos a vivir sin prisas, para que volvamos a su mirada y que puedan volver otros que se abandonaron a su suerte, para que a su regazo regresen las ovejas descarriadas, para que su redil se llene de nuevos rocieros que están aprendiendo ahora a rezarle, a implorarle, a sumarse al caudaloso río de su amor.

Lo hará, cuando Ella quiera, cuando Ella haya puesto a buen recaudo, otra vez, a su pueblo, cuando la primavera luzca nuevos colores no solo en los campos, sino en los corazones, cuando nos hayamos tomado este tiempo en serio, y lo hayamos aprovechado para examinarnos por dentro antes de exigir a los demás, cuando hayamos tenido la valentía de reconciliarnos, de querernos de verdad antes de dar abrazos vacíos y besos por cumplimiento.



Hasta que la Virgen regrese a su Santuario, disfrutemos de Ella en el calor de nuestros hogares, en la sonrisa de nuestras familias, en el rostro de las personas con las que nos encontremos. Aprendamos a ver reflejada su mirada en los demás y así, cuando podamos estar frente a sus ojos, que Ella nos elija para ser instrumentos del que lleva en sus manos y dejemos que su manto nos siga abrigando la existencia, durante la espera y caminando. En todo momento. En cada respiración. Siempre.

Francisca Durán Redondo
Dirección periódico rociero