Nuestra propia letanía a la Virgen





Cuando se reza el rosario a la Santísima Virgen, terminamos con las conocidas letanías, pequeñas frases que están llenas de ternura y devoción, a las que respondemos, una y otra vez: “ruega por nosotros”.

La letanía está compuesta por toda una lista de piropos que se quedan cortos, con los que agasajamos a nuestra Madre porque, realmente, no nos cansamos de decirle cuán hermosa es, y cuánto la queremos y veneramos.



Pero existe una letanía que está en el corazón de cada rociero. Una letanía de cosecha particular que, bien cuando vamos a visitarla, bien cuando hablamos de Ella, bien cuando estamos en cualquier lugar recordando su imagen y lo que nos transmite, afloran de forma natural, sin aprendizaje de por medio y, sea cual sea la circunstancia que nos ocupa, vienen a alargar la que en su día aprendimos.

Hagan la prueba, amigos lectores de periodicorociero.es – Periódico digital rociero, hagan la prueba y cierren los ojos, piensen en Ella, vean con los ojos del corazón a la Virgen en su paso, o en su camarín, de Reina o de Pastora… Rescaten del alma la imagen que más os gusta de Ella; intenten guardar silencio y dejen que el corazón hable. Al cabo de unos minutos, solo salen piropos para decirle: “Qué bonita estás, Madre mía”, “Qué grande eres”, “No se puede ser más guapa”… Y así, cada uno, seguro que más de una vez se ha entretenido en engarzar toda una guirnalda de rosas de oración, (porque eso también es rezar), para dedicar a nuestra Madre.



Cada vez que eso ocurre, y el rociero solo tiene palabras para decirle a la Virgen cuánto la quiere, Ella sabe que leer todo lo que se le quedó por decir. Ella sabe llegar al fondo del corazón, y descubrir las necesidades de cada uno de sus hijos, que jamás de los jamases desatiende.

Pero si a cada letanía le ponemos una pincelada de acción, si a cada palabra le damos valor con nuestros actos, estamos ayudando a la Virgen del Rocío en su gran tarea intercesora de Dios. Nos convertimos automáticamente en instrumentos suyos, y la vida se ve del color del amor, un color que siendo invisible alegra, ayuda, tiende la mano, comprende, escucha, libera, perdona, auxilia, socorre, enseña, protege…



Hagamos hoy una letanía de amor para la reina de las marismas, llevemos palabras y hechos a nuestro alrededor, que se note el amor que decimos que le tenemos, y que todo cuanto digamos y hagamos, sea primero pasado por sus manos mediadoras, por su Rocío de gracia, por su corazón de Madre, en el que cabemos todos.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es