La procesión de la Virgen del Rocío derramando luz




Creo, hasta donde alcanza mi memoria, que esta es la editorial más difícil de todas cuantas, a día de hoy, llevo escritas. Sí, lo es. Y en parte, me siento mal por ello, porque lo que debería ser una fiesta en mi corazón está entremezclado con la nostalgia, los recuerdos, las emociones, el agradecimiento…

Si tuviera que elegir un solo momento de mi vida, diría siempre que es la procesión de la Virgen del Rocío el Lunes de Pentecostés. Una procesión que aprendí a amar desde niña, que aprendí a respetar, a entender y a querer como si fuera mía, aunque no lo sea.



Jamás me hubiera imaginado que un año no iba a vivir el Rocío y, aún menos, que el motivo fuera a ser tan fuerte como el que estamos viviendo todos, colectivamente, y no de manera individual, por una pandemia en pleno siglo XXI.

He tenido circunstancias que me han tenido al límite. No pueden hacerse una idea, queridos amigos, lectores de periodicorociero.es, pero he hecho encaje de bolillos para no faltarle nunca a Ella el lunes de procesión.



Pero este año la Virgen nos necesita en casa, nos necesita en nuestros trabajos, nos necesita orando, nos necesita como instrumentos suyos.

Hoy no podremos verla sobre los hombros de los almonteños en procesión por la Aldea, no podremos ver amanecer y salir el sol a la hora justa de encontrarse con los ojos de la Virgen, y posarse en sus mejillas para acariciarla con la brisa, hoy ha querido hacer su procesión solo y exclusivamente en nuestros corazones, acercarse al Simpecado que siempre tenemos en ellos, pararse sin prisa, mirarnos y permitir que contemplemos su mirada, que tanto transmite, dejando que sus ojos sean nuestra salud.

Hoy todos los hombros son pocos. Por primera vez, el paso de la Virgen necesita que los forasteros también nos arrimemos, para que levantemos una torre de plegarias que a Ella la mantengan arriba y consiga otra vez que el Señor obre el gran milagro de la salud.



Y lo hará, porque Ella es la salud de los enfermos, es la calma en el mar bravío, es la que devuelve a su redil a los que se perdieron en la fe, es la que nos mueve a pedir perdón y a perdonar, es la que está en medio de todo lo bueno que Dios nos da, es la que no nos suelta de la mano y nos busca cuando nos alejamos y nos sale al encuentro cuando la llamamos.

Ella está hoy de procesión por el corazón de cada rociero. No hay más que cerrar los ojos para darse cuenta de que no seremos capaces de retener un momento concreto, porque son tantos los que nos ha dado, que nuestro ser está lleno de la Virgen y por eso, en ese manantial de recuerdos que emergen hoy, la hemos visto salir, la vemos recorrer cada calle, y pararse en cada Simpecado y la veremos llegar a su Santuario, aunque el Santuario sea el de la intimidad de nuestras almas, donde se va a posar porque nos necesita.



Hoy la Virgen quiere que su paso parezca que se cae de tantos rezos, pero se venga arriba de tanta fe.

Ella está de procesión. No hay romería. Hay Rocío. Un Rocío de una luz que nos deslumbra y una Madre que nos libra de todo peligro.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es