Yo soy más rociero que tú




El título de mi editorial no es, ni mucho menos, para demostrar a nadie el grado de “rocierismo” alcanzado, ni para retar a nadie a que en una balanza se ponga quién es el más rociero del mundo. Tampoco pretendo con ello que alguien decida medirse por su sapiencia o por sus sentimientos desbordados. Pero hay que reconocer que, de un tiempo a esta parte, proliferan los que parecen querer colgarse galones como si, en función de hacer unas u otras determinadas cosas, de ir más o menos veces al Rocío, de tener la casa con más ambiente de la Aldea, de haber sumado “amigos” a diestro y siniestro en el ámbito rociero (da igual dónde se hayan ido encontrando siempre que sean abundantes), de presumir del número de almonteños que se conocen, de alardear de los “favores” conseguidos por miembros de ésta o anteriores juntas de gobierno, de presumir de años yendo al Rocío (algunos, si pudieran, dirían que llevan tres o cuatro siglos), como si en función de estas y otras tantas cosas –les decía-, dependiera el convertirse en más o menos rociero.



Y es que, mis queridos lectores de periodicorociero.es – Periódico digital rociero, nada de eso es lo importante porque, verán, no se es más rociero por llevar cuarenta años sin faltar a una romería. Cuántos de ellos hay que desconocen los cultos y los momentos más intensos de cada Pentecostés y cuántos que, habiendo estado una sola vez en su vida, han querido beberse cada sorbo de espiritualidad, participar de las misas ante la Virgen, de los rosarios en honor a Ella, de un rato de oración frente a su reja… No es más rociero el que decide serlo para usar la romería como trampolín para otras cosas (que haberlos los hay: políticos, sacerdotes, religiosos y laicos, personas que forman parte de las juntas directivas)... No es más rociero el que llora más delante de la Virgen. Viví una anécdota al hilo de esto último. Una señora saliendo de la ermita, afirmándole a otra: “Tú no vives tanto a la Virgen como yo. Porque yo, es verla, y lloro”. Afortunadamente, la respuesta de la cuestionada también le daría qué pensar –digo yo-, “Mira, bonita, ni que tú llorando le estuvieras diciendo más que yo sonriéndole”. No es más rociero el que más caminos hace si no tiene ni las más remota idea del fin de su camino, de la meta, de a lo que debería llevarle el haber estado caminando. Duele cuando escuchas a personas decir que con el camino les basta. No es más rociero el que tiene más ambiente en su casa, el que matiza por doquier “la marcha” que hubo a todas horas del día…



El Rocío es otra cosa. El Rocío es la Virgen y quien pierda de vista que Ella es la que mueve los hilos de los corazones, anda muy desencaminado.

¿Quieres a la Virgen? ¿Sabes ver en su advocación el camino que te lleva a Jesús? ¿Te dejas guiar por su mano para la peregrinación de cada día? ¿Te da un vuelco el corazón cada vez que escuchas su nombre? ¿Te duele cuando ves que no estás actuando conforme al amor que dices sentir por la Virgen del Rocío? ¿Se ha convertido el Rocío para ti en una fuente en la que profundizar en el mensaje del Pastorcito Divino?

Hay tantas, tantas preguntas que podríamos hacer y tantas que responder desde la profundidad de la oración que, seguramente, más de uno suspenderíamos y empezaríamos a ser más humildes cuando queremos ser los más rocieros del planeta.



No hay que demostrar nada. Hay que llevarla en el pensamiento y dejar que palabras y hechos traduzcan lo mucho que su Rocío significa en nuestras vidas, sencillamente, sin forzar, sin alardear; con la misma sencillez y la misma humildad con que nos presenta en sus manos a su Niño, con la que sus ojos nos miran, porque mirándolo a Él, nos mira a nosotros también.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es