La importancia de la familia




La familia es la primera comunidad en la que nos formamos. En el seno de nuestra familia recibimos los primeros afectos, aprendemos a encauzar sentimientos y a respetar las normas de la convivencia. Si se nace en una familia cristiana, y además rociera, es aquí donde empezamos a seguir a Jesucristo, a quererlo, a conocerlo e intimar con Él. Nos inculcan que no estamos solos, que tenemos como mediadora a la mejor abogada que nadie pudiera elegir, la Virgen del Rocío, y heredamos la llama de la Fe que ella nos ayuda a mantener encendida.

Todo lo que somos en nuestra edad adulta se debe, en gran parte, a lo cosechado en nuestras familias. No son los culpables de nuestro carácter o manera de comportarnos, pero tienen mucho que ver en ello. De ahí que las personas inseguras hayan tenido antes capítulos de reproches y de infravaloración por alguno de sus seres más queridos. Se les ha exigido en lugar de valorárseles, se les ha corregido continuamente y se han obviado sus aciertos. Se les ha ordenado en lugar de sugerirles. Se les ha herido en lugar de ayudarles a cicatrizar heridas. De ahí que las personas tímidas hayan vivido escenas de comparativismos tales como “no se parece en nada a mí, no es igual que su hermano o su hermana…” y han provocado roturas comunicativas en relación con otros miembros del clan familiar. Se les ha “excluido” por no ser “igual a”, por considerárseles eslabones más débiles de la cadena porque siempre hay quien necesita sentirse por encima de otros. De ahí que las personas que tienen un carácter fuerte hayan sentido en más de una ocasión la falta de cariño, y se han hecho notar para reclamarlo… Y muchos más, muchísimos más serían los ejemplos y paralelismos que al hilo de cómo nos vamos configurando mientras los años pasan, nos harían caer en la cuenta de que todo tiene una procedencia.



Sin embargo no se trata de buscar culpables, sino de cómo seguimos adelante sin desarraigarnos del todo de ese seno familiar en el que están nuestros cimientos.

Hay familias muy unidas, como solemos expresar coloquialmente “como una piña”. Hay familias que parecen oficinas y hay que llamar antes de acudir a hacer una visita espontánea, como el que pide una cita. Hay familias desunidas por completo, hay familias “a ratos”, sólo de cara a la galería, hay familias que se ven a diario y familias que no se ven nunca, familias que se tratan como meros conocidos y familias que se conocen con sólo mirarse a los ojos; familias, en definitiva, para todos los gustos. Si individualmente ya somos un mundo, imagínense cuántos mundos podrían contarse por familias.

Pero resulta que la familia es importantísima para cada ser humano y quienes descubrimos este don difícilmente viviríamos sin él. La separación de uno solo de sus miembros supone el sufrimiento de todos los demás. La ausencia de un ser querido para siempre significa el recuerdo permanente para que siga vivo dentro de la comunidad familiar. La reunión para festejar el cumpleaños, la onomástica, la Navidad o el Año Nuevo, deja de ser festiva si alguien tiene que abandonar el nido por algún motivo. La pena de uno se convierte en el dolor de todos y la alegría y el éxito y el triunfo se comparten en lugar de envidiarse.



Nacer en un hogar cristiano y rociero es, para mí, un milagro añadido al de la propia vida.

Trabajemos por mantener unidas a las nuestras, por fomentar el cariño, por cuidarnos unos a otros y, en el caso de las familias rocieras, hagamos cuanto esté en nuestras manos para que la semilla siga alcanzando a las generaciones futuras y descubran en María Santísima del Rocío el modelo perfecto del que seguir aprendiendo nosotros mismos, y el lazo de unión para llegar de su mano al Pastorcito Divino.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es