El zarandeo de la pandemia del coronavirus




La pandemia nos ha sacado de la comodidad, de la zona de confort, nos ha zarandeado fuerte y no hace sino enfrentarnos a una realidad, que podría servirnos para aprender lecciones importantísimas en nuestras vidas y que, lejos de ello, ha sacado –no en todos, afortunadamente-, los más bajos fondos del ser humano.

Disputas, intolerancia, afán de protagonismo, incapacidad de remar todos a una, intereses políticos, luchas de poder…

La fe se ha afianzado en muchos, se ha debilitado en otros y ha pasado desapercibida para quienes se empeñan en pisotearla.



La pandemia ha dado para hablar mucho, para opinar, pero no para unirnos, sino todo lo contrario.

¿Os acordáis de los aplausos de las ocho de la tarde de cada día de confinamiento? Sirvieron para animar en aquellos momentos a los que se estaban dejando la piel y a los que perdieron su propia vida salvando la vida de otros, pero tal como se abrió el cerrojo de las calles para que saliéramos a pasear, fuimos una estampida que se olvidó rápidamente de los que todavía seguían intentando resucitar a los que estaban agonizando solos en nuestros hospitales.

Ya basta. Ya basta de lo que uno hizo o dejó de hacer. De hacernos sentir la pelota de la pista de tenis, a merced de los que mueven la raqueta.

Ya basta de contar quién tiene más manzanas podridas en su cesto.



Será que mi meta es la vida, que me sigue fascinando la vida, que me sigue enamorando España y que creo en mi país, y que me aterra la idea de tener que abandonarlo, y que me fastidia que los políticos defiendan lo indefendible y pierdan el tiempo en despellejarse en sus estrados unos a otros… Será que tengo la sensación de que cualquiera, aún sin saber leer ni escribir, tendría ahora mismo más agallas para dirigir este barco que los que están al mando, simulando idiomas, inventándose títulos y presumiendo de los conocimientos de los que están demostrando carecer, sin ninguna intención de retomar el rumbo y dirigirlo a los horizontes que merecemos. Será que no me da la gana de dejar de soñar con una sociedad más justa, más honesta y con valores que vertebren su día a día. Una sociedad en la que podamos vivir en armonía y en paz.

Ya basta. Porque sí. Porque merecemos una España mejor. Porque es el momento de sanarla desde la raíz. Porque tirar una cruz al suelo no hace que los muertos estén más muertos de lo que ya lo están, pero mata sentimientos y resucita lo más siniestro del corazón del hombre: Su intolerancia y su falta de respeto.



Ya basta de levantar muros de odio, cuando tendríamos que derribar los que nos separan.

Ya basta de izquierdas y derechas, de extremos que fuerzan la cuerda y que solo provocan pérdidas de equilibrio.

Y vamos a poner nuestras miras en curar heridas del pasado, en lugar de reabrirlas para que sigan sangrando.

Vamos a sentir empatía y a ponerla en práctica, a ponernos en el pellejo de los que todavía no llegan a creerse que han perdido a sus seres queridos sin poderles dar un último beso. A sentirnos cerca de los que están destrozados por la enfermedad, intentando sobrevivir a ella.

Vamos sí, pero vamos ahora, que dentro de un minuto es tarde. Porque por mucho poder que tengas, por muy alto que creas estar, mañana puedes ser tú el que esté guardando turno por un plato de comida en un comedor social. Mañana te puede tocar a ti estar entubado en una UCI, mañana quizá no tengas ganas de levantarte de una cama porque seas incapaz de soportar el dolor de no haber podido despedir a uno de los tuyos.



Vamos a poner nuestras miras en la Virgen, que es la meta de los rocieros: El llegar a la Aldea almonteña para encontrarnos con su Rocío. Aprendamos a ver al Pastorcito en cada persona, en cada hermano. Aprendamos a hacerlo presente en todas las situaciones, en todas las sociedades, centro de nuestro dolor y de nuestra alegría. Aprendamos a dejar que Dios sea Dios y que Él, que es el dueño de lo que tan pésimamente estamos administrando, sea quien dirija nuestros pasos y restaure los corazones rotos, liberándolos del rencor para llenarlos del amor, el amor que lo puede todo.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es