España sin gobierno




Rescato una editorial del pasado 18 de septiembre de 2019, enmarcada en la breve selección del recuerdo que estamos llevando a cabo con motivo de celebrar, en este 2.020, nuestro undécimo aniversario de periodicorociero.es.
Su título es “España sin gobierno”.
Deseamos que os guste.


Me apena titular así un editorial y, os aseguro, queridos lectores que es la primera vez que pongo un título antes de haber finalizado un escrito. Pero con la noticia de que tenemos que votar otra vez para elegir gobierno, he sentido que hace mucho tiempo que, aun habiendo votado, no tenemos gobernantes.

Y es que gobernar no es solamente ponerse una corona de laureles, llevar corbata y chaqueta, maletín en la mano con el nombre de la cartera que se te adjudica y pasearse por los pasillos del congreso, los ministerios, y los edificios en los que entran y de los que salen los henchidos de poder. No. Nada de eso es gobernar.

Ni pactos, ni coaliciones, ni consensos. El voto ha dejado de ser sagrado y respetado. No hay un solo político que haya sabido escuchar lo que dicen las urnas. Ninguno se ha sentado a hacer lectura de lo que democráticamente se elige. Porque pese a que nuestra ley electoral ya debería de haber cambiado drásticamente, se sigue usando según conviene, en función de lo que unas veces favorece a quienes deseamos o no deseamos como representantes. Es decir, si sale el partido que votamos, opinamos que aunque no tenga escaños suficientes debería ser el partido más votado el que gobernara y si sale el partido que no hemos votado, nos ponemos a sumar escaños para ver las posibilidades de que el contrario no gobierne. Entramos en una contradicción brutal que lo único que delata descaradamente es el afán de poder, y de ocupar el “asiento dorado” que te asegura un sueldo vitalicio hagas lo que hagas y dejes de hacer lo que dejes de hacer.

Y así, sigue España sin gobierno. Un país abierto al mundo, del que deberíamos estar orgullosos, del que de lo único que tendríamos que avergonzarnos es de no respetarlo y defenderlo allí donde estemos, del que vienen otras personas a hablarnos porque nosotros, que hemos nacido y pacido en él, no conocemos ni la cuarta parte de su rica historia.

Y tengo hoy el runrún de las voces de nuestros políticos, que prometen y no cumplen, que separan y no unen, que restan y no suman, que no asumen errores propios porque creen que destacando los de los demás se nos olvidan los suyos, que hacen exactamente lo mismo una vez que ocupan el sillón codiciado, que están empujándonos a la espiral del miedo y serían capaces de vender su alma al diablo con tal de ganar votos.

No quiero gobernantes así, sean de las siglas que sean. Quiero gobernantes que digan abiertamente que creen en Dios y que no se crean dioses. Quiero gobernantes que no se avergüencen de su pueblo, ni de sus tradiciones, que conozcan al milímetro las necesidades de los ciudadanos, que no se esmeren en subir impuestos para engordar sus bolsillos, sino que sean ejemplos de honestidad bajando sus desorbitados, incoherentes e insultantes sueldos. Quiero gobernantes que apuesten por la educación para que la sociedad crezca en todas las materias, que apoyen a nuestra sanidad y valoren a los grandes profesionales de la medicina, a nuestros investigadores, a nuestros científicos… Quiero gobernantes que sean creadores y propiciadores de trabajo. Quiero gobernantes que ayuden a los jóvenes, a los emprendedores, a los autónomos y que quieran a sus mayores agradeciéndoles como merecen todo lo que hicieron por nuestra sociedad.

Quiero gobernantes que presuman de nuestra lengua española, la más hablada y la que más desean aprender otros países.

Quiero gobernantes que tengan agallas de decir “me equivoqué y voy a dejarme la piel para no cometer los mismos errores y para hacer las cosas por el bien de todos”. Quiero gobernantes que amen a la nación que van a gobernar, y que la amen con todas sus consecuencias, sin permitir una sola fisura por la que pueda entrar el desconcierto, la inestabilidad y la desunión.

Quiero gobernantes que no prometan lo que saben que no van a cumplir, y que cumplan con los compromisos que adquieren.

Quiero gobernantes que, para sus ciudadanos, construyan caminos, tiendan puentes y faciliten su recorrido, en vez de poner obstáculos, levantar muros y abrir grietas.

Ya basta de corrupción, de violencia, de inseguridad, de noticias que desgarran el alma por la incompetencia de unos pocos. Ya basta de dejarle las puertas abiertas a la droga, a la ludopatía, al alcohol, enmascarados en cientos de formas y hacer la vista gorda de los problemas que todo esto acarrea. Ya basta de tanto rifirrafe y de tirarse la pelota los unos a otros, porque ningún partido ha salido ileso de semejante locura.

Ahora es el momento de empezar un tiempo nuevo, de mirar hacia adelante, de entusiasmar, de valorar la grandeza de esta España azotada por tantos vientos y levantada del lodo tantas veces. Es el momento de dejar de pisotearla para hundirla en la miseria y de remar todos juntos para que luzca la bandera de la fe con la que nuestros antepasados la defendieron y liberaron de todos los males y peligros.

No quiero una España sin gobierno, quiero una España segura, estable, que garantice el bienestar de todos los españoles, de todas las personas que nos ven como un puerto seguro.

A la Virgen del Rocío se lo encomiendo con todo mi corazón, con toda mi alma, confiando en que su intercesión, que esa sí que es poderosa, amaine los temporales, nos traiga la calma y haga que reine la paz.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es