Comenzamos el adviento



Hoy comienza un nuevo tiempo litúrgico, una nueva ocasión para reestructurar nuestros corazones y dejarnos amasar por las manos, eternamente pacientes, de Dios que sigue creyendo en nosotros.

Durante este tiempo, para mi gusto, uno de los más bonitos que puede vivir el cristiano, se nos llama continuamente a “allanar los caminos al Señor”.

Y no es que se nos pida que asfaltemos la carretera o intentemos quitar de inmediato los pedruscos de las montañas o esconder los baches por donde circulamos habitualmente. Nada de eso. Simplemente se nos recuerda que Dios viene cada vez que lo invitemos a venir a nuestras vidas y que, para ello, no hay nada mejor que enderezar las sendas del alma, en la que también existen grietas para asfaltar, piedras que se amontonan como montañas y baches que desnivelan el espíritu.

Es un tiempo idóneo para abrirnos a la sonrisa y para intimar con la Virgen del Rocío, protagonista indiscutible de esta etapa de esperanza y con el Pastorcito Divino, que llega a la vida de los rocieros como un Niño pero con la intención de crecer en nosotros y de hacernos crecer en Él, con Él y para Él.

Cientos de cosas se me vienen a la mente que podrían servirnos para “ponernos las pilas”, recuperar energía y permitirle a Dios que sea Dios en nosotros, que nos cambie, nos restaure y haga cuantas reformas crea necesarias para que consigamos agradarle más y, seguramente, agradarnos más a nosotros mismos y a los demás. Pero basta con hacer un examen interior y meditar pacientemente si amamos desinteresadamente, sin egoísmos, con generosidad o si todavía prevalece eso que llamamos “el amor propio” que nos vuelve ásperos como una lija y vacíos pozos sin aguas.

El Adviento está lleno de momentos para la ilusión, para no desfallecer, para levantarnos y seguir adelante, para encontrar el camino adecuado por el que seguir peregrinando.

Hagamos caso de la invitación que se nos hace y allanemos los senderos, aunque el trabajo sea cansado, aunque nos cueste… Los rocieros sabemos bien cuánto vale la recompensa que nos aguarda.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es