La tercera ola




Estamos inmersos en la tercera ola de la pandemia, que parece no tener fin, pero que con la llegada de la vacuna nos abre una puerta a la esperanza.

Y asusta que los casos de personas contagiadas por el COVID siga en aumento de una manera tan disparatada.

Cuando veo las noticias de cada día, los datos que nos siguen llegando, las cifras de fallecidos, las plantas de hospitales cada vez más colapsadas, los médicos, las enfermeras al borde de la desesperación, impotentes ante lo que se les ha venido encima. Cuando miro a mi alrededor y veo a gente responsable y gente que no está por la labor de serlo, que no tiene el mínimo de empatía y desconoce el valor de palabras como respeto y compasión, no sé por qué, pero me da por pensar que tal vez yo nací en una época equivocada, en una sociedad demasiado distinta a la de mis ideales, en un mundo completamente ebrio de indiferencia. Y eso me asusta muchísimo más que la pandemia, porque por más que creo en la bondad del ser humano, también me parece una crueldad que nos acostumbremos a escuchar cómo se muere la gente y lo veamos como si fueran números, como un entretenimiento más de la televisión.

Claro que hay personas sensibilizadas con lo que está pasando, pero también las hay que les da exactamente igual siempre que no vaya con ellos.

No puedo entender que la gente se lance a la calle como si la diversión y la fiesta fueran más importantes que lo que está ocurriendo. No puedo entender que impere la irresponsabilidad cuando deberíamos estar todos remando en el mismo barco por salir de esta locura.

Y sí, estamos inmersos en la tercera ola. Y se murió mucha gente en la primera, y volvió a ocurrir en la segunda, pero resulta que la tercera supera con creces aquel mes de marzo en el que tuvimos que estar en casa protegidos para proteger a los demás.

Y no podemos parar de rezar, porque toda súplica es poca para que no se nos sigan yendo a manojos nuestros mayores y, cuidado, porque también está muriendo mucha gente joven.

Ayúdanos, Madre del Rocío. Ayúdanos a ser sensatos, a actuar con coherencia, a ser solidarios y misericordiosos, como esos ojos tuyos a los que miramos y recordamos en cada Salve.

Ayúdanos, Madre del Rocío. Hagamos entre todos una sociedad más bondadosa, justa y responsable.

Ayúdanos a no hacer las cosas mal, a proteger a los que queremos haciendo lo que realmente debemos. No nos dejes de la mano, porque estamos más necesitados de ti que nunca. Sácanos de esta tempestad y llévanos a buen puerto. Libéranos de cualquier cosa que te pueda desagradar para que actuemos con el respeto que merece tu nombre cuando lo pronunciamos.

Guárdanos de todo peligro, porque en ti está nuestra esperanza y confiamos en ti con toda el alma.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es