Mi cruz no se derriba




El mundo vive ahora soportando la cruz de una pandemia y se ha dado cuenta de que no tiene fuerzas para llevarla solo. Pero la cruz de Cristo puede con esa y con todas las cruces del mundo.

No ha habido un Rey que haya elegido nacer sin más oropeles ni boatos que el de un colchón de pajas. Tampoco sé de ninguno que haya preferido dar la vida de la manera más cruel a cambio de salvar a su pueblo. No existe ninguna dinastía que haya recorrido las calles de su reino para hablarles a sus gentes solo de amor, estar cerca de los que sufren, aliviar el sufrimiento de los marginados, abrazar a los repudiados, levantar del suelo con dignidad a prostitutas y pecadores, dar una fiesta por todo lo alto al ver llegar a un hijo descarriado, llevar la paz a los corazones agitados y bravos, llorar con los que perdieron todo consuelo, sanar lo que parece no tener cura, devolverles la esperanza perdida, ayudarlos a recuperar la fe, liberarlos de las cadenas que los aprisionan, tratarlos con ternura a pesar de sus diferencias, comprenderlos hasta el fondo del alma, estar dispuestos a llenar sus vacíos, darles en lugar de pedirles, acompañarlos en sus proyectos, agacharse hasta el lodo para devolverles a los otros su dignidad.

Los Reyes de la tierra quieren vivir como dioses y el único Dios quiso hacerse hombre para estar a nuestro lado, para morir, por amor, en una cruz. Ese es mi Rey, en el que creo, ante el que me arrodillo, al que respeto y por el que me levanto cada día de mi vida.

Pero mi Rey es grande, y siendo el amor, jode a muchos que no tienen ni idea de lo que el amor verdadero mueve. Por eso, es más fácil derribar la cruz para olvidar lo que significa y lo que compromete. Un compromiso que dista mucho del compromiso de los políticos de nuestra sociedad consumista, conformista y que prefiere ver al pueblo arrodillado ante su poder que ante el único que lo puede todo.

La cruz no es un símbolo franquista, es un símbolo cristiano. La cruz que enarbola el cristiano es el símbolo de la fe, y la fe es la que gobierna al creyente y al no creyente, porque quien no tiene fe no es capaz de dar dos pasos seguidos sin caerse al suelo. Es un símbolo que remueve las entrañas para recordarles que solo el amor puede salvar al mundo. El amor, sí, y no el puto odio que los que gobiernan, -me da igual las siglas y el partido-, están empeñados en extender porque les conviene para su propio beneficio y no para lo que el que murió en una cruz nos enseñó: Dar la vida por los demás.

Cuando un gobernante pisotea sentimientos está esclavizando a los suyos.
En la memoria se albergan los recuerdos, esos que todos tenemos buenos y malos, en todos los bandos y en todas las posiciones, circunstancias y situaciones de la vida. Y no. No es que se tenga que hacer “borrón y cuenta nueva”, pero si quieres gobernar empieza respetando.

Bastantes cruces tiene ya el mundo, para que los que no podéis quitarnos el peso de ninguna de ellas, pretendáis apartar de nuestra vista la que continuamente nos recuerda que Jesucristo, nuestro Rey y Señor, que murió clavado en ella, puede con todas, sin excepción, sin importarles cuánto pesen.

Mi cruz no se derriba. Porque tirando la cruz al suelo estás derribando lo más representativo del amor y cuanto más pretendas tirarla, más seremos los cristianos que, con nuestra fe, la sigamos levantando.

Madre del Rocío, que sepamos abrazar y respetar la cruz del Señor y estar a sus pies como tú lo estuviste. Siempre.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es