Sentir cofrade, sentir rociero




Debajo del antifaz, cuando vestimos el hábito nazareno, mantenemos el anonimato para permanecer en absoluto silencio mientras realizamos la estación de penitencia.

Cuántas sensaciones se pueden vivir cubiertos con ese hábito, guardián de oraciones que elevamos a la Virgen, y de la Virgen a Dios.

En los días de Semana Santa, cuando presencio las imágenes de los Cristos y las Vírgenes de mi tierra, seguidos de largas filas de penitentes, me siento tremendamente agradecida por el regalo de poder unirme en oración a tantas personas que, anónimamente, rezan por sus intenciones y por las intenciones del mundo.

Noto que en las calles también se vive el Evangelio, que cuando un costalero ayuda con su esfuerzo a levantar a Jesús, está trasladándole al mundo que nuestro cuerpo es instrumento de Cristo y que Cristo necesita de nuestros ojos, nuestra voz, nuestras manos y nuestros pies para seguir trabajando y manifestándose al mundo entero.

Es fácil que se erice el bello cuando Jesús parece mecido sobre la canastilla de un paso de misterio, o cuando la Virgen es acunada entre varales, al compás de marchas que adivinan su tremendo dolor.

Es increíble que, sintiéndome cofrade, me sienta más rociera que nunca, como si en estos días, detrás del rostro sereno de la Virgen del Rocío, que me llena el alma cada vez que la contemplo en su ermita o en Almonte, estuviera reservada una parte sufriente que a lo largo de los siete días de la Semana Santa se nos presenta como la conocedora única y prodigiosa de la Pasión de su Hijo y de la pasión de cada uno de sus hijos.

Es como si, además de sus galas de Reina y de Pastora, Ella me dijera: “También me visto de dolor”.

Impresionante Rocío es el que podemos vivir los rocieros durante la Semana de Pasión. Solo basta para conseguirlo estar dispuestos para aprenderlo y abrir los ojos para poderlo ver.

No es tan complicado, aunque las sevillanas están ausentes.
Una flauta travesera puede elevarnos el alma, haciéndonos presentir que está muy cerca Pentecostés, que no hay gloria sin pasión, ni vida eterna si no comprendemos el amor del que murió por nosotros clavado en un madero.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es