Todo se vuelve Rocío




Tal como celebramos el Domingo de Resurrección todo se vuelve Rocío. El aire parece traernos aromas de la marisma, sorprendiéndonos con algún olor que, de pronto, nos la recuerda. La música explota con letras nacidas, una vez más, para la Patrona almonteña. La luz de la primavera hace que se nos encienda el corazón pensando en los caminos que llevan hasta el blanco y soñado Santuario. Nuestra oración se vuelve un eco diario invocando al Espíritu Santo que se derramará en Pentecostés. La cuenta atrás provoca una agitación de sentimientos en el alma y, así, porque sí, todo se vuelve Rocío.

No importa que, por segundo año consecutivo, la pandemia nos deje sin romería, porque lo que no va a conseguir es dejarnos sin la Virgen, sin la celebración de su fiesta grande, que es la fiesta del corazón.

Porque pasados los cincuenta días desde el domingo de Resurrección hasta Pentecostés, volveremos al Real del Rocío para celebrar la eucaristía. Pasados esos cincuenta días estaremos pendientes del Rosario de Hermandades y de la salida de la Virgen, que volverá a pasearse por las calles de nuestros corazones, como si fueran las calles de su Aldea.

Por estar tan cerca de Ella, sentiremos la arena arañarnos las mejillas, el frío de la madrugada calándonos los huesos y el sol de la mañana sofocándonos hasta que volvamos a verla entrar en su ermita.

Todo se vuelve Rocío. Todo se ha vuelto Rocío tal como se encendía la luz del nuevo cirio pascual.

Hoy es el primer lunes de pascua, y estamos llenos de gozo y de paz, inmersos en la felicidad de tener en nuestras vidas a Jesús resucitado, alegrándonos en medio de esta situación tan adversa, difícil y dura que nuestra sociedad está viviendo. A pesar de ello, nada ni nadie nos puede quitar la alegría de nuestra fe, porque para los que creemos en Cristo no hay lugar para el temor, todo se torna para bien en su presencia.

Y sí. Todo se vuelve Rocío, porque la Virgen nos llena de Él, nos conduce a Él, nos hace regresar a Él y nos enseña a confiar ciegamente en el Señor, que todo lo puede y todo lo transforma y, más pronto que tarde, diremos como en el Salmo bíblico “Has cambiado mi lamento en baile. Me vestiste de alegría”.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es