Donde hay amor el rencor no entra




Escribo el editorial de hoy pensando en esas personas que siempre están dolidas por algo, siempre son las víctimas de todos los entuertos. Son incapaces de mirarse a sí mismas y, aunque desean perdonar, siguen amontonando basura en sus corazones heridos.

El rencor puede destruir completamente a una persona. Las consultas de los psicólogos suelen tener listas de espera para acabar con este mal tan dañino para el alma. Los confesionarios también guardan el eco de las voces que claman perdón pero llevan tras de sí una carga de falta de perdón, de recordar una y otra vez aquello que sembró el rencor en algún hueco del ser.

Hay quien no puede borrar de su mente algún daño que le han causado, no importa si pequeño o grande, pero el botón de la negatividad se activa con una rapidez que asusta y se convierte en una espiral en la que dar vueltas llega a convertirse en una necesidad errónea que no hace sino alimentar sentimientos de desesperación, ira y venganza y se persigue continuamente el modo de ver que esos semejantes a los que encasillaste en tu lista de “no perdonados por nada del mundo”, son destruidos poco a poco.

Si alguna vez notas que una o varias personas se convierten en tu único tema de conversación, si te excusas con el desahogo de hablar impulsivamente de ellas, cargando todo tu malestar en cada una de tus palabras, si consideras que no llegas nunca a zanjar un tema porque se te enquistó en el corazón, entonces, ten cuidado. Son síntomas inequívocos de que vas camino de contraer una de las peores enfermedades que puede padecer el ser humano.

Desecha el rencor de tu vida. Si tienes la mínima duda de que puedas estar sintiéndolo, acude presto a la Virgen, mira los ojos de la Virgen del Rocío y verás cómo en ellos encuentras la ternura suficiente como para arrancar esa raíz destructiva de tu alma.

Si piensas que con tu mirada puedes estar devolviéndole a alguien un mal, baja tu mirada de inmediato, no la levantes hasta que seas capaz de reconocer en el otro el rostro de Cristo, y piensa que cada vez que fomentas el rencor en ti mismo, estás destrozándole la sonrisa al Pastorcito Divino y desgarrándole el corazón a la que buscas implorándole ayuda.

Cada pensamiento negativo, cada frase que digas, cada actuación que lleves a cabo, intenta que pasen primero por los ojos de la Virgen del Rocío. Ella perdonó hasta a los que llevaron a la muerte en Cruz a ese que lleva en sus manos. Donde hay amor el rencor no encuentra puertas por las que entrar.

Abramos nuestras puertas al amor, ese que nunca se acaba e imitemos a la Madre del Pastorcito: la que fue atravesada por una espada y, sin embargo, todo lo guardaba en su corazón proclamando de Dios sus maravillas.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es