Qué mandáis hacer de mí




Hace seis años de la clausura del año jubilar teresiano que fue proclamado por el Papa con motivo del 500 aniversario de Santa Teresa de Jesús.

Durante ese año, numerosas personas se beneficiaron de las indulgencias que se concedían a quienes peregrinaban a orar a templos carmelitas, algunos de ellos tan ligados a la vida de la santa.

Cinco siglos de historia no han conseguido sepultar en el olvido a una mujer que fue en su época, y sigue siéndolo en la contemporánea, una de las grandes maestras espirituales de la cristiandad.

En nuestra sociedad, cuando desde tantos foros se desea despistar y engañar al ser humano, empujándolo a practicar una serie de técnicas “infalibles” para alcanzar un estado trascendental, todas ellas encaminadas a alejar al hombre de Dios y a hacerle creer que puede conseguirlo todo de forma autosuficiente, aparecen los frutos del amor de Dios que, repartidos en el tiempo, nos vienen a recordar que sin Él no podemos nada, pero que de su mano todo es posible.

Esos frutos de su amor se hicieron visibles en personas concretas, de carne y hueso, que se convirtieron en instrumentos suyos para darnos un toque de atención, para recordarnos que la felicidad plena es posible si ponemos nuestra confianza en el Señor, que se puede profundizar en los dones que proceden del Espíritu Santo de Dios con un corazón sencillo, abierto a la gracia; nada más y nada menos que esa sola condición: la apertura total a la acción salvadora, renovadora y purificadora de ese Dios inmenso que nos creó para seguir recreándose en su obra a cada segundo.

Han pasado 506 años desde que una mujer, Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, cuyo primer apellido tiene, curiosamente, grandes connotaciones de estirpe rociera, se convirtiera en la profesora de la mística, en la que desde la soledad de su convento y sin perder un ápice de los ecos que llegaban del exterior, nos dio pautas para que fuera cual fuera nuestro estado de vida y nuestra vocación, pudiéramos trascender y encontrar a Cristo.

Sus escritos y sus poemas, todos ellos marcados por la riqueza interior de la que Dios la proveía, son tablas de salvación en una sociedad que se agarra a un palo ardiendo para no perecer y que, sin embargo, tiene en los santos de la Iglesia los mejores remos para que no naufrague.

No podría citarlos todos. Seguramente, una de sus citas más conocidas es aquella de “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”. Pero yo quiero fijarme en el editorial de hoy de periodicorociero.es – Periódico digital rociero, en aquel otro poema suyo que me encanta y que empieza diciendo: “Vuestra soy, para vos nací. Qué mandáis hacer de mí”. Porque así debería ser la actitud de todos los que acudimos al Rocío y acabamos pidiendo, continuamos pidiendo y terminamos pidiendo. Tal vez, en alguna ocasión, recordamos uno de los millones de motivos que tenemos para agradecer y, surge una tímida acción de gracias en medio de nuestro ser pedigüeño, pero nunca nos atrevemos a decirle al Pastorcito divino “Qué mandáis hacer de mí”. Es probable que nos dé miedo la respuesta, porque Dios responde siempre, y no hay más que abrir los ojos, los oídos del alma, o su palabra, para encontrar una respuesta. Pero hay que ser muy valiente, como lo fue Santa Teresa de Jesús para decirle con esa hondura estremecedora: “Vuestra soy, para vos nací. Qué mandáis hacer de mí”. Porque ella lo preguntó con todas sus consecuencias, y respondió a regañadientes con todas sus consecuencias también.

No quería dejar pasar este día recordando aquel año jubilar teresiano, un acontecimiento que los rocieros conocemos muy bien, que nos tocó vivir llenos de gozo cuando celebrábamos el bicentenario del Rocío chico, y que en el pasado 2019 volvíamos a celebrar con motivo del centenario de la coronación canónica de la Virgen, sin felicitar a toda la familia del Carmelo, a las hijas de Santa Teresa de Jesús que han heredado de ella la singularidad de su contemplación, prolongándola hasta nuestros tiempos y dispuestas a extenderla a generaciones futuras.

Que la Virgen del Rocío nos conceda a todos ser hombres y mujeres de oración, que como Santa Teresa de Jesús, sepamos ahondar en el misterio, que con su intercesión alcancemos almas y corazones contemplativos, capaces de trascender al Dios del Amor, que lo puede todo.

Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es