jueves, julio 25, 2024
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Las verdades del Rocío

Aun cierro los ojos y, como si fuese ayer, recuerdo que cuando llegamos bajo un cielo ya estrellado a Marismillas, me impresionó enormemente el inmenso campamento que en la oscuridad de la noche tan sólo me hacía imaginar un orden imposible. Cientos de luces fluorescentes iluminaban reuniones que junto con el ruido de los generadores y los relinchos y rebuznos de caballos y bestias hacían sin duda un viaje a lo desconocido. Y todo ello, unido al cansancio del primer día de camino, hizo que la visión del Simpecao y el crepitar de la cera encendida bailando en las tulipas al son de la fría brisa, se me antojaba a mí, neófito rociero de camino, como si se tratara de un paso de palio que se encontrara parado y encendido en medio del campo, bajo la bóveda estrellada del cielo marismeño. Con ese recuerdo se cerraba una jornada inolvidable e imborrable en mi memoria.

Al día siguiente, la misa que oficiara D. Rafael delante de esa carreta de plata que reluce más que el sol, me descubría el orden de un campamento perfectamente organizado en torno a aquel viejo Simpecao que tras el rezo del ángelus marcaba surcos en los carriles de calurosa jornada de atascos interminables y rengues a pie de “roa”.

La madrugá en Carbonera, más calmada que la anterior, hizo volverme de nuevo a aquel Simpecao al que la noche le conformaba un halo de pureza que irradiaba aquella pequeña imagen que nos miraba desde el centro de la carreta. Allí viví uno de los momentos más entrañables cuando D. Antonio Camacho, apoyado en el hombro de su hijo, le cantaba en la soledad de unos pocos a aquella Virgen de plata.

La jornada del viernes me deparaba dos grandes sorpresas; la primera, el rincón más bonito entre el cielo y la arena para rezarle a Ella en el ángelus y, la otra, mi bautizo con el que me iniciaba como rociero, por medio de la sal, el vino, las medallas, mis lágrimas junto a las de los seres queridos que fueron testigos de aquel momento y con los que me fundí en fraternal abrazo y, cómo no, con la Gracia de Dios Trino y la de su Santísima Madre del Rocío a los que el celebrante invocó.

Todo esto son pinceladas que añoro de un cuadro llamado “mi primer camino”; no recuerdo en qué año fue, pero llover, empezando por aquella noche en Carbonera, ya ha llovido.

Hace seis años ya que mi mujer y yo no hacemos el camino, desde que Orlandito en el vientre de su madre decidiera que nos fuéramos directamente para la plaza del Acebuchal donde “la Virgen vino a mi casa a eso de la madrugá…”. Y que cuando ya tenía edad para hacerlo, llegó Mencía a quien le gusto ver llegar el Simpecao de camino de la hermandad Matriz a la Ermita, dando pataditas a Elena en la barriga al son del coro de tamborileros que precedía el ordenado cortejo de caballistas almonteños.

El paso de los años y la vida misma te va enseñando a discernir entre lo verdaderamente importante y lo banal en lo cotidiano, por ello, las siguientes líneas se las quiero dedicar a aquellos con los que tuve la suerte de tener esas vivencias y recuerdos que os acabo de contar. A aquellos que me enseñaron el camino y mostraron la verdad del Rocío, a mí y a tanta gente, a mis suegros, a Antonio y a Paqui.
Este año la enfermedad os ha tocado en el corazón y en la médula, que paradójicamente representan vuestra generosidad para con todos los que os conocen y vuestra autenticidad como cristianos, vosotros que sois rocieros hasta la médula, rocieros de corazón.

Este año no podréis hacer el camino, pero estoy seguro de que iréis en el corazón de mucha gente, de familiares y amigos, comenzando por ese pequeño peregrino que va a vivir su primera romería hacia la Aldea y ha ido a recoger vuestras medallas para que cuando el miércoles por la mañana se eche a andar junto a su padre, Povera arriba, sepáis que os lleva para el Rocío.

Este año toca a otros organizar y dirigir el rosario que preparabais con tanta devoción y cariño, en el que pedirán por vosotros en muchas otras casas, especialmente para que tu médula Paqui gane esta partida y para que el año que viene transmitáis a vuestros sobrinos y nietos todas esas vivencias que la Virgen conoce de vosotros, por que vosotros… vosotros si sois parte de las Verdades del Rocío.

Y este año, cuando vuestro querido Antonio Luis, el lunes por la mañana le rece la salve mirándola cara a cara mientras el campanil de jerez revolotea entre pétalos por el real del Rocío, allí estaréis también vosotros para decirle:

¡VIVA LA VIRGEN DEL ROCÍO!

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