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title: "Lo que solo se entiende con el corazón"
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date: 2026-08-05
modified: 2026-08-04
author: "periodicorociero"
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# Lo que solo se entiende con el corazón

**DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo |** Algunas veces el silencio en casa pesa de una manera distinta, un silencio pacificador que huele a cera fría y a flores frescas recién puestas en el rincón más querido de la sala.

Hoy es uno de esos días en los que, al abrir la ventana, el aire parece traer el eco lejano de una flauta, el sonido dulce de un tamboril que despierta los recuerdos dormidos en la piel. Miras el cuadro de la pared y te descubres con los ojos empañados, no de tristeza, sino de esa plenitud que desborda el pecho cuando las cosas del alma superan cualquier lógica humana. Ahí, en esa mirada de bronce y de dulzura infinita, reside el único porqué de nuestras vidas; una certeza que no necesita explicaciones racionales porque se lleva cosida a los adentros desde la cuna.

Es la magia que ocurre cuando contemplamos esa silueta bendita. Todo cobra un color más cálido, como de atardecer de agosto reflejado en las manos gastadas de nuestras abuelas, aquellas que nos enseñaron a juntar las palmas antes de dormir.

Ella nos sostiene con una delicadeza que estremece, vestida de Pastora –aunque es Reina-,  pero con la cercanía de una madre que acuna nuestros miedos nocturnos. Y en sus brazos, el Pastorcito Divino, esa pequeña y sagrada razón que nos invita a ser mejores, a mirar a los demás con ojos de compasión y a tender la mano sin esperar nada a cambio.

Su presencia en nuestro hogar es un bálsamo constante, una caricia silenciosa que sana las heridas que el día a día nos va dejando en el alma.

El verdadero milagro no se encuentra en las grandes multitudes ni en el ruido exterior, sino en ese instante exacto en el que te arrodillas a solas, con la única compañía de una vela que tiembla y el susurro de una oración sincera. Huele a familia, a pan compartido, a promesas cumplidas y a la mirada de los niños que empiezan a descubrir el rostro de su Madre.

Es una cadena invisible de amor y solidaridad que une a generaciones enteras, un hilo dorado de fe que nos recuerda que nunca caminamos en soledad.

Al final, nos queda lo verdaderamente importante: el calor de su abrazo, la sonrisa de su Hijo y esa paz infinita que inunda la estancia, recordándonos que el amor más grande del mundo se resguarda siempre bajo su manto protector.

**Francisca Durán Redondo**

**Directora de periodicorociero.es**
