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Almonte lleno de flores

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Madre, mírale las manos a tu pueblo. Míralas bien, porque están desgastadas de tanto esperar y de tanto silencio. Llevan siete veranos guardando en los rincones de las casas pequeños pellizcos de pan y de esfuerzo, ahorrando cada céntimo con un pudor que estremece, solo para que cuando las calles se abran a tu paso, no quede un solo rincón que no sea un altar de amor para Ti y para tu Pastorcito Divino.

Almonte te habla hoy con la voz rota de quien ha visto pasar el tiempo como una losa pesada, contando los días en las esquinas, sabiendo que la vida a veces es un suspiro que se apaga antes de que vuelvas a cruzar el dintel de la parroquia.

Parece mentira, Señora, pero la última vez que te tuvimos tan cerca, el mundo era otro. En estos siete años, la mesa de muchos hogares almonteños se ha quedado más vacía. Cuántos abuelos se nos han ido con los ojos entornados, rezándote bajito, con la espina clavada en el alma de no poder estar aquí para verte regresar. Se quedaron en ese tramo final, con el deseo intacto de volver a cobijarse bajo tu manto en las calles del pueblo.

Por ellos, por los que ya te ven en las marismas del cielo, este agosto no es un mes cualquiera. Ha abierto las puertas y ha traído un escalofrío limpio que recorre cada portal, cada zaguán donde ya se cortan los papeles y se entrelazan las flores blancas. Los corazones van a un ritmo que no se puede explicar, una música callada que se contagia de vecino a vecino, como si la ilusión fuera el único idioma que sabemos hablar.

Míralos a ellos, a los más pequeños. Esos niños que apenas eran unos bebés o que ni siquiera habían nacido la última vez que Almonte se transformó en tu templo. Sueñan despiertos, Madre, con esa primera mirada tuya que se les va a quedar grabada en el alma para siempre, aprendiendo a quererte solo con ver los ojos empañados de sus padres.

Mientras tanto, los mayores, con esa sabiduría que da la piel arrugada, se sientan al frescor de la noche y repiten, casi como una oración compartida, la letra de aquella sevillana eterna de Los Romeros de la Puebla que hoy duele y consuela a la vez: «Cuando pasen siete años, quién te volverá a ti a ver…». Aquí estamos, Reina nuestra, con los arcos levantados, las cadenetas dispuestas y el alma desnuda, contándote los secretos que hemos guardado durante tanto tiempo y esperándote con la certeza de que tu presencia todo lo cura y todo lo llena.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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