Desde que se produjo el estado de alarma en nuestro país, aquel 14 de marzo de 2.020, la conocida oración a la Santísima Virgen, la oración mariana más antigua de la cristiandad, se ha convertido para mí en una jaculatoria a la que recurro, no una, muchísimas veces al día.
Sin saber por qué, cuando comenzábamos a experimentar ese cambio tan drástico en nuestras vidas, con restricciones, severas medidas de seguridad, aislamientos, protecciones de todo tipo… Se me vino al corazón y a la mente esta oración, entendiendo tal como llegaba, que esa debía ser la plegaria con la que le insistiera a Ella para que nos concediera su intercesión.
Hoy, sábado Santo, seis años después, ha sido esa la oración con la que iniciaba el día, un día que nos invita al silencio, a la reflexión y a interiorizar en el amor de Dios, a la espera de la vigilia pascual que esta noche celebraremos los cristianos y que nos recordará el triunfo de la vida sobre la muerte, la luz sobre las tinieblas.
Una vez superada la pandemia, seguimos bregando con otras dificultades, cada uno vive su “pandemia” particular. Si años atrás recorríamos un camino tortuoso y duro en el que vimos cómo la enfermedad entraba en miles de hogares y se iba llevando la vida de tantas personas, hoy seguimos en alerta porque el Señor nos quiere despiertos y, más que nunca, somos conscientes de que estamos en las manos del Señor.
Debemos mantener los ojos del corazón abiertos, el alma disponible para acoger la gracia que solo viene de Dios, y tener la humildad suficiente para reconocernos frágiles y necesitados de ayuda, una ayuda que los rocieros encontramos en la intercesión poderosa y fiel de nuestra bendita Madre del Rocío.
Esa oración a la que hago referencia al comienzo del editorial, empieza diciendo “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios” y concluye con el ruego: “Líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita”. Y la repito y la repito al completo, porque lo anhelo para mí, para las personas a las que quiero y para todo el mundo.
Lo pongo todo en las manos de la Virgen del Rocío y aguardo con esperanza que se cumplan las promesas del Señor, que es fiel a su palabra y nunca, nunca falla a ninguno de sus hijos.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









