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El silencio que nos salva

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Si algo nos define como seres humanos es la herida de la orfandad espiritual; esa extraña sensación de desamparo que nos asalta en medio de la multitud o en el secreto de nuestras habitaciones.

Buscamos respuestas en pantallas, en el consumo rápido o en el aplauso ajeno, olvidando que las verdades que sostienen la existencia son mudas y se custodian en un rincón muy concreto de las marismas de Almonte. Frente a Ella, la soberbia intelectual del siglo XXI se desmorona.

No hay teoría sociológica ni análisis psicológico capaz de explicar el vuelco absoluto que da el alma cuando, despojada de escudos y de títulos, se descubre mirada por la Virgen del Rocío. En ese instante no importan los aciertos ni los fracasos acumulados en el año; solo importa esa mirada que no juzga, que comprende el cansancio del trabajador, la angustia de los padres y el miedo sordo a la enfermedad. Es una revolución de ternura que subvierte el orden del mundo, donde los últimos de la tierra descubren que para su Madre son la prioridad absoluta.

En el centro de esa quietud, los ojos se desvían inevitablemente hacia el Pastorcito Divino. Sostener la mirada a un Dios que se presenta desarmado, en la fragilidad extrema de un niño, es el mayor desafío a nuestra lógica de poder y control. Nos hemos acostumbrado a un entorno hostil que nos exige ser fuertes, competitivos y autosuficientes, pero el Niño nos pide exactamente lo contrario: la valentía de reconocernos vulnerables.

La verdadera solidaridad cristiana nace de ahí, de comprender que el dolor del hermano, el drama del parado de nuestro barrio o el abandono del anciano de la acera de enfrente son responsabilidades directas que el Hijo de María nos deposita en las manos. Debemos hacer un ejercicio de coherencia incómoda que nos obliga a salir de la comodidad de nuestros círculos para convertirnos en el refugio de los que no tienen a nadie.

Esta devoción es, en esencia, un pacto de auxilio mutuo que se firma con lágrimas invisibles ante un presbiterio. No es un sentimiento que se evapora al apagar las luces del altar, sino un compromiso ético y visceral que se lleva a la mesa de la cocina, al taller, a la oficina y a las calles de nuestros pueblos o ciudades.

La Virgen del Rocío y su Pastorcito Divino nos arrancan de la indiferencia moderna para recordarnos que la única riqueza que sobrevive es el amor que se da sin esperar nada a cambio. Cuando entendemos esto, la vida adquiere un peso distinto, las prioridades se limpian y descubrimos que la verdadera salvación no está en acumular certezas, sino en sabernos cobijados bajo el manto de la única que nunca nos va a soltar.

 

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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