Recordamos hoy esta editorial que publicábamos el pasado año 2.019, con motivo de la visita de la Virgen en su pueblo, donde permaneció hasta el año de 2.022, con motivo de la pandemia del Coronavirus, por el que el estado de alarma, y las estrictas medidas de seguridad, prolongaron la estancia de la Virgen en la parroquia de la Asunción hasta que en mayo regresó a su Santuario para la celebración de la romería.
Todo se torna distinto cuando está cerca la visita de la Virgen del Rocío a su pueblo de Almonte. Desde la propia vestimenta de la Imagen de la Virgen, a la que solo vemos cada siete años luciendo sus galas de Pastora, pasando por el paisaje de la Aldea que alterna la belleza única del lugar con los exornos que adornan sus calles, hasta el pueblo que anhela su llegada, que presenta una transformación absoluta, realizada con constancia y cariño y con la ilusión de recibir en el corazón de Almonte a la almonteña más esperada y más querida, su Madre y su Patrona, su Pastora y su Reina.
No faltan los arcos forrados, las flores de papel que parecen colgadas del mismo cielo, bóvedas de singular hermosura y cúpulas soñadas que se hacen realidad cuando Ella llega de visita.
En agosto hará siete años desde su último viaje. Pero las escopetas han vuelto a sonar para que el aire se entere, a base de salvas, que “la Virgen viene” y viene a Almonte para permanecer nueve meses con sus hijos. Siete años contando día tras día y solo nueve meses que se irán en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro tras otro que conforme pasa el tiempo se vuelve más profundo y duele más adentro.
Si Dios quiere, en agosto vamos a vivir una nueva venida de la Virgen, porque Ella jamás falla a aquellos que la esperan y que, tal vez, en esta ocasión más que en otras, la esperan con más necesidad, con el deseo de pasar horas a su lado, intimando en el silencio del Templo parroquial de la Asunción, para desahogar en su presencia tantas penas y tantas preocupaciones que han lastimado hasta el límite el ánimo de numerosas personas que han visto cómo se quedaban sin trabajo, cómo menguaban sus ahorros porque tuvieron que recurrir a ellos para subsistir, cómo la economía les había dejado al borde de embargos, de situaciones desesperantes e injustas.
La Virgen del Rocío viene y lo hace para devolverle a su pueblo la esperanza, para resucitarlo del desamor, para reavivar la Fe que sienten apagada pero cuya llama mantiene Ella encendida, para levantar a los que se sienten caídos y por los suelos.
La Virgen del Rocío viene a su pueblo, va a abrir su casa para que todo el mundo llegue y encuentre lumbre y calor de hogar y sus hijos se sientan abrazados por Ella, consolados en su regazo y acariciados por su ternura.
Los rocieros tenemos que ser conscientes de la importancia de su visita, que no es una visita cualquiera, es la visita de la Gracia, el momento de abrirle nuestros corazones de par en par, de desnudarnos ante Ella y decirle: “Mira cómo soy y cuánto te necesito”.
Porque a pesar de que es una Reina, -nuestra Reina-, la Virgen del Rocío quiere por pedestal la arena de la Aldea y el asfalto de las calles, elige por corona un sombrero adornado con flores y baja de los cielos a la tierra como una humilde Pastora que nunca deja solo a su rebaño.
La Virgen viene para traernos a manos llenas las bendiciones de Dios. Solo tenemos que abrir las nuestras para recibirlas.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es









