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Lo que guarda en su corazón

DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Si las paredes de ese bendito santuario pudieran hablar, no nos contarían historias de grandes comitivas ni de medallas relucientes; nos hablarían, sobre todo, del peso de las almas que se han desnudado ante Ella a lo largo de los siglos. Generación tras generación, los devotos han llegado arrastrando el cansancio de la vida, las dudas del mañana y esos dolores sordos que no se atreven a confesarle a nadie más.

Frente a su altar, se han derramado lágrimas de agradecimiento, se han entregado promesas en silencio y se ha depositado, con una confianza ciega y pura, la salud de un hijo o la última esperanza de una familia.

La Virgen del Rocío ha sido, durante centurias, el gran cofre donde la humanidad ha ido guardando sus secretos más sagrados, sabiendo que en ningún lugar estarían más protegidos.

Resulta sobrecogedor pensar en todo lo que la Madre ha escuchado bajo ese techo de Almonte. Plegarias desesperadas de madres que pedían un milagro, hombres rotos por la pérdida del empleo, ancianos que buscaban consuelo para afrontar la recta final de sus días y jóvenes pidiendo rumbo para sus vidas. Ni una sola de esas palabras se ha perdido en el vacío. Absolutamente todas las oraciones que han subido hasta su camarín han sido atendidas por Ella, inclinando su mirada protectora para aliviar el sufrimiento de sus hijos.

A veces, la respuesta no ha sido la que humanamente esperábamos, pero el tiempo y la fe nos acaban enseñando que una madre siempre sabe lo que verdaderamente conviene, buscando con infinito amor el mayor bien espiritual para cada uno de nosotros y transformando el desconsuelo en una paz profunda que sana por dentro.

Esa respuesta maternal nos llega siempre a través de los ojos de su Hijo, que desde sus brazos nos invita a despojarnos de la soberbia que tanto nos distancia de los demás.

Quienes formamos esta gran familia rociera estamos llamados a ser el reflejo de esa compasión infinita en nuestro día a día, socorriendo al desamparado, acompañando la soledad del prójimo y construyendo una comunidad donde la caridad real sea nuestra única bandera.

La Virgen del Rocío y el Pastorcito Divino jamás cierran sus puertas al dolor humano; por eso, nuestra mayor devoción debe ser mantener el corazón abierto para acoger a quien sufre, transformando la confianza que depositamos en el altar en un compromiso vivo, cristiano y solidario con cada hermano que la vida ponga en nuestro caminar.

Francisca Durán Redondo

Directora de periodicorociero.es

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