DIRECCIÓN PERIÓDICO ROCIERO | Francisca Durán Redondo | Existe una devoción callada que no necesita de comitivas ni de grandes despliegues para conmover los cimientos de la fe. Hablo de esa feligresía de sienes plateadas, de los ancianos de nuestras hermandades que contemplan el transcurrir del tiempo desde el sosiego de un sillón, con las manos gastadas de tanto rezar y el pensamiento fijo en la aldea.
Ellos, que durante décadas sostuvieron el peso de nuestras corporaciones sobre sus hombros, sufren ahora el rigor de los años y la distancia física, pero custodian en su memoria el tesoro más sagrado de nuestra herencia.
Ver a un veterano humedecer sus párpados al escuchar un simple toque de tamboril o al contemplar una fotografía antigua es una de las lecciones más sobrecogedoras que podemos recibir.
Nuestros mayores representan las raíces profundas de este árbol frondoso que cobija a tantos devotos. En una sociedad que arrincona la vejez por considerarla improductiva, las casas hermandad deben convertirse en el bastión de su amparo y en el escenario donde se rinda pleitesía a su sabiduría.
Cada una de sus arrugas narra una historia de constancia, un favor concedido por la Virgen del Rocío o una súplica atendida en los momentos de zozobra familiar. Ellos nos enseñaron a mirar al cielo, a descubrir el misterio de la fe en la ternura del Pastorcito Divino y a comprender que la caridad se ejerce sin pregonarla.
Su paciencia actual y la dignidad con la que asumen los achaques de la edad constituyen un espejo donde mirarse para aprender que la verdadera fortaleza reside en el espíritu.
Asomarse a esos rostros curtidos por los inviernos de la vida es descubrir la devoción en su estado más puro y desinteresado. Ya no piden nada para ellos; sus ruegos se centran en la ventura de los hijos, en la salud de los nietos y en que la Santísima Virgen no los olvide en el tramo final de su jornada.
Que mi editorial de este día sirva de homenaje sincero a los pilares de nuestras filiales y no filiales, a los que nos precedieron en el fervor y nos marcaron la senda. Pidamos a la Madre que los colme de paz en su retiro, que alivie sus soledades y que sientan, hoy más que nunca, que su testimonio de vida sigue siendo el faro indispensable que alumbra el porvenir de nuestras hermandades.
Francisca Durán Redondo
Directora de periodicorociero.es







